A pesar de los duros insultos proferidos por lo bolivianos a los puneños, antes, durante y posterior a la fiesta de la Candelaria, ahora intentan ingresar ilegalmente al Perú, en un éxodo que apenas comienza. Es un fenómeno que se da, por su puesto, por la desastrosa administración boliviana que ha dejado a ese país sin combustible, sin alimentos y una devaluación escandalosa de su moneda. Terribles cataclismos, sufridos a diario por los bolivianos, y que, tras largas colas de no encontrar solución, ha hecho que decidan ahora migrar a otras del mundo, como el Perú.
Pero la razón por la que escribo estas líneas, no es por el sufrimiento de cientos de miles de bolivianos, sino por una de las peores consecuencias que ocurre cuando un país se viene abajo. Y esto es, sin preámbulos: la inevitable liberación de delincuentes, por falta de recursos económicos, alimenticios y la capacidad de un estado arruinado para mantener el control de las cárceles. Lo que ocurre es que cuando un país se cae a pedazos, lo primero que hacen los gobernantes es sacudirse de los mayores pesos que cargan y uno de ellos es: dejar libre a los peligrosos criminales para aliviar en algo la crisis que atraviesan. Es así de sencillo, el problema es que cuando estos criminales salen, ya sea por fugas programadas o porque el estado se hizo de la vista gorda, lo primero que hacen es migrar a otros lugares donde no sean reconocidos ni requeridos. Y uno de estos lugares va a ser sin ninguna duda Puno y luego el resto del Perú.
Recuerdo siempre cómo en Venezuela, por su deprimente crisis, dejaron de pronto salir de las cárceles a una ingente cantidad de delincuentes, que luego se desparramaron por diversos países infundiendo el miedo entre las poblaciones. Uno de los países mas afectados es pues el Perú, que hasta ahora no encuentra solución a la tormenta de extorciones, robos, asaltos y secuestros. Entonces, el éxodo boliviano, que ya inició con el intento de ingreso ilegal de personas a Puno a través del lago Titicaca, no es más que el síntoma de una gran enfermedad que se aproxima. Es cierto que entre la basta población migrante habrá buenas personas, pero cuando este fenómeno es producto de una honda crisis como la de Bolivia (o Venezuela), no solo migran gente buena, sino también criminales, que finalmente son el lado oscuro de este éxodo.
No exagero cuando alerto sobre este hecho, porque va a ocurrir. Porque la crisis que atraviesa Bolivia no hará que se exporte gas a otras naciones, sino delincuentes, que lejos de buscar algún refugio en el país al que migran, más bien verán una enorme oportunidad para realizar sus fechorías. ¿Qué hacer?, ¿cómo enfrentarlo? como dijo Vallejo: “¡Ah! desgraciadamente, hombres humanos, hay, hermanos, muchísimo que hacer.”




