Mario Vargas Llosa, el liberal que no traicionó a los pobres

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En algún rincón del más allá —ese territorio invisible donde las palabras no se gastan y las ideas no mueren— Mario Vargas Llosa ya se ha sentado a la mesa de los inmortales. Gabriel García Márquez, su viejo camarada de letras y desacuerdos, lo recibe con un abrazo que deja atrás las viejas heridas. Más allá, Gustave Flaubert —su maestro eterno— le sonríe con orgullo: aquel joven peruano que devoró Madame Bovary ha llegado al lugar donde habitan quienes hicieron de la literatura un destino.

Lo espera Víctor Hugo, quien quizá le guiña un ojo y le suelta una de esas anécdotas que Vargas Llosa tanto disfrutaba repetir: que el autor de Los miserables seguía amando a mujeres hermosas incluso pasados los ochenta.

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Miguel de Cervantes, eterno y generoso, lo saluda como quien reconoce a un discípulo fiel. Vargas Llosa siempre lo defendió, reivindicando al Quijote como espejo de América Latina: ese loco glorioso que no deja de luchar, aunque el mundo lo tache de iluso. Ernest Hemingway le ofrece un trago fuerte; un barbudo León Tolstói asiente con complicidad, mientras Jean-Paul Sartre, fiel a su espíritu provocador, lanza la pregunta inevitable:

—Oye, Mario… ¿Cómo fue que te volviste liberal?

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El último de una generación irrepetible

Aquí abajo, el mundo ya siente su ausencia como una grieta en la historia de la literatura. A sus 89 años, Vargas Llosa era el último Nobel latinoamericano vivo, el eslabón final de una generación irrepetible: Borges, Rulfo, Cortázar, Paz, Gabo. Fue testigo y protagonista del boom, de las revoluciones, de las polémicas que dividieron a las letras tanto como a la política.

Y sí, viró. Se alejó de la izquierda que alguna vez abrazó con fervor juvenil. Pero quien crea que ese cambio fue una renuncia al compromiso social, no ha entendido nada. Vargas Llosa cambió de ideas, no de principios. En su literatura, mantuvo intacta su obsesión por la libertad, por la dignidad humana, por denunciar a los poderosos que aplastan a los débiles, ya vengan disfrazados de dictadores de derecha o de caudillos populistas de izquierda.

Sus guías: Camus, Orwell, Koestler… y siempre Tolstói

Este viraje fue maduración, no abandono. Lo guiaron autores que también cuestionaron a sus propios bandos: Camus, el moralista que rechazó tanto el fascismo como el estalinismo; Orwell, el socialista que desnudó los horrores del totalitarismo; Koestler, el comunista desencantado que reveló el precio en sangre de las utopías.

Y Tolstói, claro. Con su anarquismo cristiano, su rechazo a la violencia institucionalizada y su defensa de los siervos, le mostró que se puede ser radical sin dejar de ser humano.

El “hechicero” y sus críticos

“El liberalismo es, ante todo, tolerancia y respeto, incluso hacia lo que nos resulta extraño o repulsivo”, escribió Vargas Llosa en algún ensayo. Pero esa misma postura le costó ataques. Atilio Borón, en El hechicero de la tribu, lo acusó de ser un “portavoz del neoliberalismo”, una pieza clave del “lavado de cerebros” al servicio de las élites. Reconocía su genio literario, pero despreciaba su incursión en la teoría política, a la que tildaba de “elemental y tendenciosa”.

La ironía es amarga: el mismo Vargas Llosa que en Conversación en La Catedral retrató la corrupción que carcome al poder, el que en La ciudad y los perros denunció la violencia institucional, el que en Lituma en los Andes mostró el horror del terrorismo y la exclusión indígena, y el que en El sueño del celta expuso la barbarie colonial, también escribió La fiesta del chivo, una de las más despiadadas disecciones de una dictadura en la literatura contemporánea. Ahí desnudó sin anestesia el funcionamiento íntimo del poder absoluto: la degradación de las conciencias, el miedo como sistema, la violencia como doctrina. Su retrato de Trujillo no fue solo histórico: fue una advertencia universal. Sin embargo, a pesar de esa obra feroz contra la tiranía, lo acusaban de estar “con el sistema”.

Las batallas de su literatura

Pero sus novelas siempre estuvieron del lado de los pisoteados. La guerra del fin del mundo es un ejemplo crucial: ambientada en el Brasil del siglo XIX, narra la masacre de Canudos, donde un grupo de miserables liderados por un predicador enfrentan al ejército de la república. Vargas Llosa no se alineó con nadie: mostró tanto el delirio mesiánico como la violencia del Estado. Esa ambigüedad moral —incómoda, honesta, humana— es lo que convierte esa novela en una de sus obras cumbres.

¿Eso es neoliberalismo? ¿O es simplemente literatura comprometida con la verdad?

El adiós que no es adiós

Mientras en el cielo literario resuenan brindis, aquí abajo nos quedan sus libros. La ciudad y los perros sigue interrogándonos sobre el poder. La casa verde canta su poema triste a los olvidados. Pantaleón y las visitadoras recuerdan que la gran literatura también puede ser divertida. Vargas Llosa ya camina entre sus maestros: Flaubert le susurra secretos de estilo, Cervantes le cuenta nuevas aventuras del Quijote, Tolstói debate con él sobre moral y arte.

Pero su verdadero hogar —como él bien sabía— no está en el más allá, sino en esas páginas que siguen vivas, respirando, interrogándonos. Porque los grandes escritores no mueren: se transforman en voces que seguimos escuchando cada vez que abrimos un libro. Y desde ahí, Mario Vargas Llosa —el niño que soñó con ser poeta, el joven revolucionario, el maduro liberal— seguirá hablándonos. No con consignas. No con discursos. Sino con literatura. En sus discursos y escritos, Vargas Llosa ha reiterado la idea de que la literatura debe ser una fuerza activa, que desafíe el statu quo y fomente la reflexión. Porque Vargas Llosa, aunque les pese a los envidiosos, ¡nunca, pero nunca vendió su alma en la literatura!

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Grober Cutipa
Grober Cutipa
Escritor y periodista de investigación peruano. Premio Nacional de Periodismo 2018. Autor de la novela “Mandato de los diablos subterráneos”, guionista de radionovelas y cine. Escribe en ElObjetivo.pe, reportajes de salud, artículos de literatura, cultura e historia.  

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