En un rincón olvidado de la provincia de Huancané, cerca de la carretera polvorienta, una escena desgarradora quedó grabada para el mundo, pero parece que el mundo no quiso mirar.
Un hombre alto, con sombrero y una barriga prominente, jalonea con brutalidad los cabellos blancos de una anciana vestida de pollera. Sus gritos, cargados de dolor, se pierden entre el viento frío de la zona, mientras el agresor, insensible, ignora las advertencias de quien lo filma.
El testigo, un vecino o quizá un transeúnte, levanta su celular con la esperanza de que la imagen detenga la violencia. «¡Ya lo estoy grabando!», le advierte, pero el hombre, lejos de inmutarse, sigue arrastrando a la abuela como si ella fuera un objeto, no una persona.
La cámara tiembla, pero la indignación no. ¿Dónde están las rondas campesinas, que antes imponían justicia comunitaria? ¿Dónde los tenientes gobernadores, que deberían velar por los más vulnerables? En otros tiempos, este hombre habría sido sometido a disciplina, tal vez expulsado de la comunidad. Hoy, su crimen queda flotando en las redes, como un espectro de impunidad.
Lo más indignante no es solo el acto en sí, sino el silencio cómplice de quienes deberían actuar. La Defensoría del Pueblo, la Policía Nacional, la DEMUNA de las municipalidades: todos ausentes.
El video circula, se comparte, se comenta con rabia, pero nadie responde. Es como si la anciana, con su pollera y sus cabellos blancos, no existiera. Como si su sufrimiento fuera solo un fragmento de ficción, un drama más en un país acostumbrado a la injusticia.
Mientras tanto, el agresor sigue libre, y la abuela, quizá, sigue esperando justicia. Pero en Huancané, como en tantos lugares del Perú, la justicia parece ser solo una palabra escrita en papeles que el viento se lleva.
La crónica de hoy no es solo la de un maltrato, sino la de un sistema que falla, de una sociedad que mira pero no ve, que graba pero no actúa. Mientras tanto, la impunidad sigue campante, con sombrero y barriga prominente.




