La tergiversación de las danzas en Bolivia ha llegado a limites difíciles de comprender. A lo largo de las últimas décadas se ha visto cómo poco a poco, muchas de nuestras danzas tradicionales han sido alteradas escandalosamente bajo el pretexto de “mejorarlas” o “modernizarlas”. No es que sea un conservador incorregible o me niegue al cambio cultural, sino que esto ya salió fuera de orza, pues en nombre del espectáculo boliviano, se ha decidido libremente desnaturalizar varias expresiones culturales que tienen historia, sentido y memoria.
Lo que ocurre es que en Bolivia las danzas ya no derivan de su origen ni del contexto social que les dio forma, están realmente torcidos y en franco camino a la extinción. Por ejemplo, en los Caporales, se ha llegado al extremo de colocar “alas” a las danzarinas, sabiéndose que eso no existe en la historia del personaje ni responde a ningún símbolo andino. Tan solo lo añaden por puro gusto o puro adorno. Igual ocurre en la Llamerada, han tenido la terrible idea de incorporar máscaras de llama a la danza, cuando bien se sabe que esta danza nunca fue una representación del animal, sino del llamero que conduce la recua de llamas y que establece una relación social y simbólica con el ganado. Colocar una máscara, además de distorsionar genera una gran confusión del sentido de la danza.
Algo similar también ocurre con la Callawaya, los pequeños paraguas de color uniforme que tienen un simbolismo y función clara, han sido reemplazados por enormes “paraguas de playa multicolores” que no se sabe qué representan. En la Kullawada, lo mismo, y aquí la situación es todavía más grave, porque se han cambiado las polleras por pantalones y el sombrero por una especie de cono exagerado, rellenado de adornos que no tienen referencia histórica ni simbólica.
Todas estas transformaciones, no son producto de un proceso, ni de una evolución cultural. Son, más bien, el resultado de un libertinaje boliviano, de un carnaval sin control, donde gana lo más grande, lo más brillante y lo más extravagante, aunque no tenga sentido. En Bolivia, nuestras danzas tradicionales, desde hace tiempo, ya, dejaron de ser una expresión cultural, ahora son más bien un objeto de consumo y sin contenido cultural.
El problema con esto, no es que esto sea un asunto boliviano y punto, sino que algunos de los conjuntos puneños, por falta de presupuesto o cercanía, hacen elaborar sus trajes en Bolivia y hasta a veces dejan participar en Candelaria a algunos danzantes bolivianos con sus trajes extravagantes y distorsionados. Y he aquí el asunto, pues la presencia de éstos en la Candelaria hace que las nuevas generaciones aprendan versiones distorsionadas de sus propias danzas y en ese marco puedan terminar creyendo que esas distorsiones fueron siempre así, o que estuvieron siempre ahí. Y eso es un gran peligro pues se corre el riesgo de perder la originalidad y la tradición. Y eso ahuyenta turismo.
Sé muy bien que toda cultura cambia. Pero también se debe saber que no todo cambio es válido ni legítimo. Lo que pasa en Bolivia es una distorsión monumental y sin control. Su carnaval ha reemplazado la historia por el artificio y la identidad por el espectáculo. Es un país sin remedio, yo no sé, cómo es que la UNESCO no dice nada.
Aldo Rojas
18.12.2025




