Para casi todos los políticos actuales, Puno es un punto estratégico necesario de conquistar, la catapulta segura para ganarse al sur y, en ese marco, volverse políticamente atractivo entre los más de 40 partidos políticos que aspiran y pugnan por el poder. Y en medio de esa percepción, donde se mezclan discursos e ilusiones, Guillermo Bermejo arribó a Puno ilusionado con recibir una multitud de banderas coreando su nombre, pero también inquieto y preocupado pensando en la posibilidad que se le tratara igual o peor que Butters”. Pero en realidad, ni lo uno ni lo otro ocurrió, su llegada paso desapercibida. Su convocatoria tenía el porte de su trayectoria política: una modestísima cantidad de militantes, reunidos en un pequeño local del centro de Puno que intentaron llenar, sin lograrlo.
La llegada de Bermejo fue un cuento más, uno de esos simulacros que rodea a los políticos para saber cómo están. No encontré en él ninguna propuesta o idea innovadora sobre un proyecto país, sino venganzas y frustraciones personales que intentó hacer pasar al público como si sus experiencias dolorosas fueran compartidas por todos. Pero lo más resaltante de su llegada fue que entre sus filas, como invitados especiales, estaban David Jiménez y Alberto Quintanilla. Dos viejos actores de limitados resultados cuando estuvieron en el poder y, hoy por hoy, de pobrísima credibilidad y popularidad en Puno.
Como todo demagogo no faltó pues que los susodichos elevarán que es “momento de reconstruir el Perú”, “cerrar el congreso” y “echar desde el cimento la corrupción”. Sin embargo, recordé que Jiménez, de pésimos resultados en su gestión, salió a ocultas de Puno por un asunto de peculado. Mientras que Quintanilla, entre otras cosas, es recordado por su defensa acérrima de Pedro Pablo Kuczynski, a quien en 2017 se negaba a que lo destituyeran pese a las evidentes pruebas de sus fechorías.
No soy un experto en artefactos del pasado, pero es claro que Bermejo es coleccionista de antigüedades. Pero en este caso, no se trata de elementos valiosos, sino de aparatos de poco valor en el mercado político. A mi parecer, la manía de Bermejo es “cambio botellas vacías de licor por plata”, y eso, políticamente, da miedo. También asusta su intensión fanática de llegar al poder solo para vengarse sin tener claro que quiere del país.
¿Qué quiere? ¿De qué manera quiere cambiar al Perú? ¿con qué personas piensa hacerlo? Tuve la oportunidad de escucharlo varias veces y en todos lo casos, Bermejo es ambiguo. Se evidencia que quiere instalar una suerte de socialismo en el país, pero lo disimula por el miedo a sufrir algún rechazo. En general su discurso es su vida: habla bajo el solcito tibio sus frustraciones y fantasea, sutilmente, con un socialismo que no sabe cómo materializar. Así como lo vi, lo suyo no son las propuestas claras, sino impulsos; no son ideas sino ilusiones sin base real.
Quizás por la forma en que hoy valoro a Bermejo, comprendo por qué la gente ni siquiera paso a echar chisme de su evento. Yo sospecho que la población puneña lo hizo de lado porque sencillamente conoce su perfil hostil, sus vaguedades y contradicciones que pueblan su ser.




