El ministro que no quería renunciar pese a la abultada mochila de cuestionamientos (159 sanciones en la PNP, abogado de los Dinámicos del Centro, intentó suspender la erradicación de la coca, etc.) que pesan sobre su espalda, prácticamente se autoliquidó.
¿Cómo se autoliquidó? No respetó el comunicado que prohibía la celebración de reuniones y fiestas por Halloween y el Día de la Canción Criolla que el sector que dirige dio a conocer. Una prohibición para evitar y/o atenuar la tercera ola del Covid-19.
¿Qué hizo? El domingo 31 de octubre, hizo lo que se prohibió: celebró, con música criolla estridente e invitados con copas en mano, el Día de la Canción Criolla en su casa de Surco. Una reunión con marco musical. En otras palabras, quebró la prohibición.
Peor aún: en su afán de defenderse, a esa fiesta bullanguera lo llamó «reunión de trabajo». Sí el vídeo de la fiesta ya había generado indignación, esa «defensa» lo ha puesto – esta vez sí- casi fuera del gabinete Vásquez. Es una burla.
¿Cómo puede explicarse la transgresión de una prohibición de quién tiene la responsabilidad de hacerla cumplir? El creerse por encima de la ley o precepto. Una mezcla de vertigo del poder efímero y soberbia.
La fiesta por el Día de la Canción Criolla de Barranzuela le da en la yema del gusto a los que, desde su nombramiento, solicitan su renuncia o retiro del gabinete. Ese incidente fue una noticia que lo recogió -para su desgracia- la prensa extranjera.
«Dios perdona el pecado (su mochila precedente), pero no el escándalo (la fiesta prohibida)», dice San Juan Crisóstomo. Lo hace imperdonable Más aún, cuando el gabinete presidida por Mirtha Vasquez no tiene asegurada la investidura por el Congreso tratará el jueves 4.
En ese sentido, lo mejor que puede hacer el ministro del Interior Luis Barranzuela es renunciar antes que lo boten. Es, por otras motivaciones, el nuevo Iber Maravi o «puka» Guido Bellido. Es una de las cabeza que la oposición necesita antes de ir por la vacancia presidencial.

