Como es tradición, San Juan Bautista de Chajana en el distrito de Cojata, frontera con Bolivia, revivió su campeonato de comelones: un duelo donde los participantes, entre platos humeantes, ganan no solo por lo que devoran, sino por las carcajadas que regalan al pueblo.
Entre el humo del asado de alpaca —ese que impregna el alma con su aroma a leña y hierbas andinas—, se libró una batalla épica. No con hondas ni rifles, sino con cucharas y voracidad. El alcalde Mauricio Chuquimallco, con su terno de fiesta y sombrero negro, se plantó frente a Fabio Portada, el presidente comunal, ante un desafío que haría temblar a cualquiera: un plato rebosante de carne asada, papas doradas, aguado espeso y arroz que brillaba como oro bajo el sol.
Los comensales rodearon la mesa. Mujeres de polleras coloridas, niños con mejillas tostadas por el frío, contenían la respiración.
«¡A ver, a ver quién es más macho!», gritó alguien.
Y comenzó el festín.
Bocado a bocado, risa a risa
Chuquimallco y Portada devoraban como si cada porción fuera un trozo de su propia vida. Las cucharas chocaban contra los platos, los dedos se ensuciaban sin remordimiento, y el público estallaba en carcajadas con cada mueca de esfuerzo. «¡Empate!», coreaban cuando ambos limpiaban sus platos hasta el último grano de arroz, chupándose los dedos.
Pero en el altiplano, hasta las contiendas más reñidas tienen un desenlace. Un vaso de mate de muña —esa infusión que calienta el pecho y cura el susto— decidió el triunfo. El alcalde, con un gesto rápido como el relámpago, lo bebió de un trago y se alzó con los brazos en alto, como un gallo que reclama su territorio. La plaza estalló en aplausos. Portada, noble en la derrota, le estrechó la mano entre risas.
Más que un festín: un símbolo
Este banquete no fue solo un juego. Fue el reflejo de una comunidad que sabe convertir hasta la comida en un acto de resistencia. El alcalde recibió su premio —aplausos y el respeto de su gente.




