En sus primeros 200 años de vida independiente, el Perú nunca tuvo un solo Presidente que se haya reclamado «leninista». Desde el 7 de diciembre tenemos por primera vez a alguien que sí lo ha hecho. Se trata de Dina Boluarte, quien entró a la plancha presidencial de Perú Libre como la militante partidaria de confianza del Dr. Cerrón proclamando su fidelidad al «marxismo-leninismo-mariateguismo».
A Pedro Castillo la derecha nunca le quisio reconocer su triunfo electoral o dejarlo gobernar, aduciendo que era un «comunista» y «terrorista», pese a que el maestro rural nunca se reclamó siquiera «socialista» y se educó políticamente militando una década y medio en la derecha toledista.
En cambio, a su exvicepresidenta y reemplazante, todos los neoliberales la adulan. Se han «olvidado» de su reciente pasado abiertamente comunista y de que le acusaban de corrupta. RP que antes buscaba primero destituir a Dina como paso previo a la vacancia de Castillo, ahora llama a apoyarla a ella y a su Gobierno.
López Aliaga habla maravillas de que en su nuevo gabinete no hay «corruptos», pese a que un ministro tiene denuncias de enriquecimiento con la compra de computadoras y otra está asociada a la Odebrecht. Para él y para el fujimorismo no importa que esta nueva administración haya ordenado abalear a decenas de indefensos.
Mientras Castillo no quería identificarse como «izquierdista», Boluarte sí lo acaba de reiterar. El sindicalista trataba de moderar sus palabras para no asustar multinacionales, mientras que su sustituta sabe que cuenta con el aval de todos los grupos de poder y lo que quiere es calmar la furia popular.
Dina quiere ser la Lenin del Perú. No nos referimos al líder bolchevique que en 1917 comandó la revolución socialista rusa, sino a quien un siglo después llegó a gobernar Ecuador: Lenin Moreno.
Tras haber sido el delfín y vicepresidente de Rafael Correa y paladín del «socialismo del siglo XXI», Moreno, a poco de llegar a la Presidencia, se pasó al campo de la derecha y empezó a perseguir a sus antiguos camaradas. La transición de Moreno duró meses, la de Baluarte horas.
Isaac Bigio
