Por primera vez en la historia, veo que en el Patio de Honor de Palacio de Gobierno del Perú, se presentaron los carnavales puneños, llevando nuestra cultura hasta el corazón político del país. En su representación estuvieron la Tarkada con su popular pepino, la Pinquillada, la Chacallada y la Pandilla puneña. Todas ellas, profundamente tradicionales e históricas y que hacen su aparición luego de la fiesta de la Candelaria.
Desde mi perspectiva, esto va más allá de una simple presentación simbólica. Que el carnaval puneño —que en términos de magnitud puede ser menor que la Festividad de la Candelaria— ingrese a Palacio, de manera tan visible, indica claramente que ninguna de las expresiones, mayor o menor, de la cultura puneña puede ser ignorada en la agenda simbólica nacional.
Que el Estado abra hoy un espacio de alto nivel para el carnaval puneño es un gesto político de disponibilidad, respeto y reconocimiento. Porque diré, que el gobierno acepte que se presenten en el patio de honor no se logra solo por invitación o solicitud, se logra cuando una región tiene peso social, capacidad de presión y una legitimidad cultural. Y en ese contexto, Puno posee todo ello. Razón por la cual el poder elige reconocer antes que cerra la puerta.
Tengo la certeza de que cuando una cultura entra al Patio de Honor de un gobierno, es porque ya ha conquistado políticamente un lugar. Entonces no entra como mero adorno, entra porque ya es imposible tratarla al margen.
Aldo Rojas
13.02.2026




