Quienes creen la fantasía que el Pepino es un producto boliviano surgido a partir de su instinto y asombro, deberían leer la retahíla de libros y tomos sobre los circos criollos argentinos. Estas voluminosas descripciones, sobre todo las de Seibel, muestran los numerosas travesías, tramas, canciones, libretos, teatros, historias y personajes realizados por estos circos. Entre ellos está el famoso Pepino el 88. Un payaso creado por el uruguayo José “Pepe” Podestá en el marco del circo criollo del Río de la Plata, a inicios de la década de 1880. Este clown (claun), inspirado en el “pierrot” y el “arlequín” europeo, que llegaron a buenos aires hacia 1842, cantaba coplas satíricas sobre la política y las costumbres populares, lo que fue del agrado de los espectadores que alcanzaban a verlo.
Su participación, como todo payaso dejó gran impresión en cuanto lugar se presentaba, lo que motivó que se crearan cancioneros, parodias, sátiras, pero sobre todo hacer giras circenses a cuanto lugar alcanzaran. Y es aquí donde está el gran detalle que no cuentan los bolivianos: dichos circos criollos argentinos con su personaje pepino, entre otros, no solo recorrieron la Argentina, sino también países como Uruguay, Bolivia, el sur del Perú y el norte de Chile. Seibel (1985), 𝗻𝗮𝗿𝗿𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝗱𝗲𝘁𝗮𝗹𝗹𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗴𝗶𝗿𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗲𝘀𝘁𝗼𝘀 𝗰𝗶𝗿𝗰𝗼𝘀 𝗼𝗰𝘂𝗽𝗮𝗿𝗼𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗮 𝗹𝗮 𝗮𝗿𝗴𝗲𝗻𝘁𝗶𝗻𝗮 “𝗵𝗮𝘀𝘁𝗮 𝗲𝗹 𝗽𝘂𝗲𝗯𝗹𝗶𝘁𝗼 𝗺𝗮́𝘀 𝗽𝗲𝗿𝗱𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗝𝘂𝗷𝘂𝘆 𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗣𝗮𝘁𝗮𝗴𝗼𝗻𝗶𝗮. 𝗟𝗹𝗲𝗴𝗮𝗿𝗼𝗻 𝗵𝗮𝘀𝘁𝗮 𝗕𝗼𝗹𝗶𝘃𝗶𝗮 (𝗢𝗿𝘂𝗿𝗼, 𝗖𝗼𝗰𝗵𝗮𝗯𝗮𝗺𝗯𝗮, 𝗟𝗮 𝗣𝗮𝘇), 𝗣𝗲𝗿𝘂́ (𝗝𝘂𝗹𝗶𝗮𝗰𝗮, 𝗔𝗿𝗲𝗾𝘂𝗶𝗽𝗮) 𝘆 𝗖𝗵𝗶𝗹𝗲 (𝗦𝗮𝗻𝘁𝗶𝗮𝗴𝗼, 𝗩𝗮𝗹𝗽𝗮𝗿𝗮𝗶́𝘀𝗼, 𝗖𝗼𝗽𝗶𝗮𝗽𝗼́, 𝗹𝗮 𝗽𝗮𝗺𝗽𝗮 𝘀𝗮𝗹𝗶𝘁𝗿𝗲𝗿𝗮).”
Es decir, fuera que el pepino visitó distintos lugares con nombre propio, biografía, traje y como propiedad del mundo del espectáculo rioplatense, no se quedó en Argentina, su fama fue tal que se paseó por diversos países latinoamericanos, llegando inclusive hasta Brasil, donde también fue famoso.
Yo, digo, por eso la lectura es el adversario de la ignorancia. Y Bolivia habla sin leer, habla lo primero que le cuenta la vecina de la esquina. De ahí que sus verdades son siempre subjetivas, a medias, verdades tan fantasiosas o fanáticas que constantemente caen en inexactitudes evidentes o mentiras escandalosas. La verdad es que la visita de los circos criollos argentinos en Perú, en particular en Juliaca y Arequipa, causó tal asombro que hizo que su popular personaje Pepino, sea asimilado culturalmente por diversos poblados puneños. Y de ahí en adelante, integrado principalmente a las tarkadas, que se presentan históricamente en época de carnavales.
En las tarkadas, el pepino cumple el papel del kusillo: salta, molesta, irrumpe con su “mata chola llena de polvo”, “jode” hace reír, rompe la seriedad de lo formal y se mete entre el público con sus travesuras. Es el bufón ritual de muchas fiestas rurales desde hace mucho.
Entonces, en las verdades de Bolivia hay engaños o verdades incompletas. No debería haberlo, salvo que hayan creído que los puneños somos ingenuos, y que creen en una exclusividad boliviana. Una verdad sin rigor es casi siempre una verdad falaz. La historia muestra que el pepino y los diversos personajes de los circos criollos argentinos, fue un personaje en movimiento y viajero, que atravesaba diversas carpas de circos y múltiples estaciones de tren, como el de Juliaca. Entender ese recorrido es necesario para entender por qué hoy, en distintos poblados rurales y urbanos del altiplano puneño el Pepino está presente.
𝗡𝗼𝘁𝗮. Ya quisiera estar en el comité de salvaguarda para ajustar estas diatribas bolivianas.




