Fallece Alonso González “Pompinchú”, ícono del humor ambulante

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El humor popular peruano despide a una de sus figuras más reconocidas. Alonso González Mendoza, conocido como “Pompinchú”, falleció este 1 de mayo a los 55 años en el Hospital Santa Rosa de Pueblo Libre, luego de permanecer internado en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI).

Su deceso se produjo tras complicaciones derivadas de una fibrosis pulmonar y daño renal, agravadas por una infección bacteriana contraída después de una operación de cadera realizada en marzo.

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Un cuadro de salud crítico

En los últimos días, el estado del comediante se había deteriorado rápidamente. Permanecía sedado y bajo ventilación mecánica, en un escenario que, según sus familiares, ya requería incluso un trasplante de órganos.

La noticia fue confirmada por su hermano, Raymundo, quien también había encabezado los pedidos de apoyo económico para cubrir los gastos médicos. Aunque contaba con el Seguro Integral de Salud (SIS), varios insumos y tratamientos no estaban cubiertos. Ahí aparece un punto incómodo, el sistema no alcanza cuando más se necesita.

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Una vida construida desde la calle

La historia de Pompinchú no empieza en la televisión. Empieza mucho antes, en la calle. Quedó huérfano a los 12 años y creció junto a su abuela, en un entorno marcado por la necesidad. Desde adolescente migró a Lima, donde trabajó en lo que había, lustrando zapatos, vendiendo caramelos, lavando platos.

Y en medio de todo eso, apareció el humor. Primero en parques, en esquinas, en el contacto directo con la gente. Después, en 1998, la televisión lo encontró. Su ingreso a El Show de los Cómicos Ambulantes lo convirtió en un rostro conocido a nivel nacional.

Entre la fama y la precariedad

Pero la estabilidad nunca fue permanente. Tras el fin del programa, regresó a la calle, como muchos de su generación. Sin contratos, sin respaldo, resolviendo el día a día.Siguió haciendo reír, pero en condiciones distintas.

En marzo de este año fue operado de la cadera. Todo parecía avanzar, hasta que una infección complicó su recuperación y derivó en el cuadro que finalmente terminó con su vida.

Más que una despedida

Su muerte, en pleno Día del Trabajo, tiene un peso simbólico. Porque su trayectoria refleja algo más amplio, la deuda histórica con los artistas populares en el Perú.

Pompinchú representaba a ese sector que construye cultura desde abajo, sin escenarios formales, pero con una conexión real con el público.

Hoy deja un legado que no está en premios ni reconocimientos oficiales, sino en la memoria colectiva. En las risas que generó, en las plazas donde actuó, en la televisión que lo visibilizó por momentos.

Y deja también una pregunta que incomoda, qué pasa con quienes sostienen el entretenimiento desde lo popular cuando dejan de poder trabajar.

Porque al final, su historia no es solo la de un comediante. Es la de un país que aplaude, pero no siempre respalda.

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