En mayo de 1781, un acontecimiento desgarrador marcó la historia en la Plaza Mayor del Cusco. Fernando Túpac Amaru Bastidas, apenas un niño, fue forzado a presenciar la ejecución de toda su familia. Hijo de Túpac Amaru II y Micaela Bastidas, líderes de la gran rebelión anticolonial del siglo XVIII, su destino se vio sellado por el imperio español, que lo condenó al destierro y al olvido por el simple hecho de su linaje.
Un calvario marcado por el exilio y la injusticia
Desde su destierro, Fernando vivió una existencia plagada de inhumanidad: encarcelamientos, soledad y humillaciones que lo acompañaron a lo largo de su corta vida. Su único “delito” fue pertenecer a una familia que se atrevió a desafiar el poder colonial. A los 30 años, murió en Madrid en condiciones de indigencia, y sus restos fueron depositados en una fosa común dentro del templo de San Sebastián, borrando físicamente la memoria de un niño que padeció tanto.
La repatriación simbólica: un acto para rescatar la memoria
Más de 240 años después, la Municipalidad del Cusco inició una cruzada para repatriar, de forma simbólica, los restos de Fernando Túpac Amaru Bastidas. Aunque el cementerio original desapareció durante un bombardeo en la Guerra Civil Española, el doctor Aldo Olcese –ex presidente de la Fundación Independiente y vicepresidente de la Real Academia Europea de Doctores (RAED)– logró localizar el acta de defunción en el templo madrileño, reactivando el proceso formal para devolver al Cusco lo que la historia había intentado borrar.
El alcalde de Cusco, Luis Pantoja, explicó que, ante la inexistencia de restos óseos, se gestionó la entrega de una porción de tierra consagrada, procedente del antiguo cementerio, para simbolizar el retorno de “Fernandito”. “Luego de dos años de gestiones, hoy la memoria de nuestro niño, que padeció el exilio y la crueldad de un tiempo inhumano, vuelve a su tierra natal”, declaró el alcalde con emoción.
Un homenaje póstumo que conmueve a la comunidad
El emotivo acto tuvo lugar en la Plaza Mayor del Cusco, lugar cargado de historia y donde, en 1781, se ejecutaron Túpac Amaru II, Micaela Bastidas y su hijo mayor. Durante la ceremonia, un séquito ceremonial inca condujo la urna, elaborada en madera tallada y portadora del simbolismo de la resistencia indígena, hasta el espacio donde se vivieron momentos de dolor y lucha.
Entre los homenajes, la representación artística cobró protagonismo: actores que encarnaron a Túpac Amaru y Micaela Bastidas se reunieron para recibir simbólicamente a su hijo menor después de 244 años. La emotiva recitación y la presencia de autoridades –como representantes de la Policía Nacional, el Ejército, la Asociación de Artesanos y diversas autoridades locales– consolidaron el acto, reafirmando el compromiso de mantener viva la memoria histórica y la lucha por la identidad indígena.
La memoria que perdura
La historia de Fernando Túpac Amaru Bastidas es un recordatorio indeleble de la crueldad del colonialismo y del olvido impuesto a quienes se atrevieron a desafiarlo. Aunque sus restos físicos desaparecieron con el tiempo, hoy la repatriación simbólica y el homenaje póstumo reafirman que la memoria de este niño, testigo involuntario de la tragedia, nunca será condenada al olvido. La urna, que por un tiempo residirá en el palacio de la Municipalidad Provincial de Cusco, será finalmente sepultada junto al crucifijo de piedra en la Plaza Mayor, un lugar sagrado donde se honra el sacrificio y la lucha de un pueblo por la libertad.




