Dicen que cuando la casa se está incendiando, los ratones son los primeros en huir. Richard Hancco no es exactamente un ratón —es un gobernador— pero esta semana hizo lo mismo: saltar del barco justo cuando empezaba a hundirse.
Hancco renunció. Dejó Somos Perú, el partido que usaba como trampolín para llegar al Congreso. ¿Por qué? ¿Fue por dignidad? ¿Por vergüenza? Fue por puro cálculo, por un instinto de supervivencia política más fuerte que cualquier promesa que le haya hecho a su gente.

La historia es así, simple: Hancco quería ser diputado. Para eso se metió en Somos Perú. Pero el partido se le llenó de gente pesada, incómoda. Primero, Alberto Otárola, el ex primer ministro al que en Puno le cargan las 17 muertes de Juliaca. Hancco prometió echarlo y no pudo. Su palabra ya valía menos que un billete falso.
Después, vino el congresista Héctor Valer, el que le escupió en la cara al periodista Max Lanza. Otro de Somos Perú. Otro escándalo del que Hancco no dijo nada. Se hizo el sordo, el mudo, el que no ve. Su partido era un circo y él era el payaso que miraba para otro lado.
Entonces, el país estalló. El Congreso vacó a Dina Boluarte y de la nada, como un fantasma, José Jerí Oré —otro de Somos Perú— apareció juramentado como presidente de la República. Para cualquiera, que un miembro de tu partido llegue al poder sería una alegría. Para Hancco fue una pesadilla.
Se dio cuenta de tres cosas, rápido, como quien huele la comida quemada:
- Que el barco se hunde: Con Jerí al mando en medio de este caos, Somos Perú iba a quedar manchado para siempre. La gente iba a votar contra ellos en las próximas elecciones. Iban a perder su inscripción. Su trampolín al Congreso se convertía en un camino lleno de charcos de agua y barro.
- Que no tenía poder: Si no pudo echar a un Otárola o a un Valer, ¿qué iba a hacer ahora con un presidente de la República de su mismo partido? Nada. Iba a ser un prisionero.
- Que su candidatura estaba muerta: Asociarse con ese desastre era el suicidio electoral. Nadie en su sano juicio votaría por un cuestionado partido manejado por Jerí, Otárola y Valer.
Así que, Hancco con el corazón frío de un jugador de tragamonedas en el casino frente al Gobierno Regional, tomó su decisión. El 10 de octubre, mientras su correligionario Jerí entraba a Palacio de Gobierno, Hancco salía por la puerta de atrás. Renunció.
Pero no renunció a todo. Ahí está el detalle, la jugada maestra. No renunció a la Gobernación de Puno. Se aferró a su cargo, a su sueldo, a su puesto. Lo único que botó fue el lastre que le impedía caminar. Cambió su sueño de ser diputado por la realidad de seguir siendo gobernador. Un consuelo, una rendición.
Para que no quedaran dudas, ni siquiera fue a la reunión que convocó el presidente Jerí con los gobernadores. Le faltó hasta el valor para mirar a los ojos al hombre que representa todo de lo que él ahora descarta.
Al final, la historia de Richard Hancco no es la de un hombre que luchó por sus principios. Es la de un hombre que calculó, que midió, que sopesó. Decidió que su futuro valía más que su palabra. Le echa la culpa a Boluarte, a Jeri, a Otárola, a Valer…, pero la verdadera culpa es de un miedo que le corroe por dentro: el miedo a quedarse sin nada.
Cuando la policía disparaba contra la población en el aeropuerto de Juliaca, pudo haber estado ahí. Pararse frente a todos, como su gobernador, y exigir que no le disparen a su gente. Pero no lo hizo. Solo emitió un comunicado, como quien envía un mensaje de texto. Eligió la comodidad de su escritorio antes que el valor de la calle.
Por miedo, también duplicó el precio del Hospital Manuel Núñez Butrón: de 400 millones a 800 millones, mediante la modalidad de Gobierno a Gobierno (G2G) con el Consorcio Francés Egis-APHP. No quiso asumir riesgos con una ejecución directa por el gobierno regional a través de una licitación, que le hubiera ahorrado a Puno 400 millones de soles.
Ahora repite la historia. Cambió su sueño de ser diputado por aferrarse al cargo de gobernador. No por lealtad a Puno, sino por miedo a quedarse sin nada. Pero en esa huida constante, algo más grande parece darle la espalda. Le falló el tiempo, le fallaron las circunstancias, le fallaron sus aliados. Hasta el viento del lago sopla en su contra. Parece que cuando un gobernante solo escucha el miedo, el universo entero conspira para recordarle que, al final, los “timoratos” siempre se quedan solos.






