J. Carlos Flores Vargas
Entre miles, hay dos pasajes literarios que recuerdo especialmente porque revelan la capacidad del hombre para la infidelidad y la mentira tras el despecho.
El primero creo ubicarlo en un libro de Alejo Carpentier, La Guerra del Tiempo. En » Semejante a la Noche» un jovenzuelo se dispone a zarpar a un destino lejano (Troya o América) no sin antes poseer a su novia, hacerla suya de una vez y para siempre.
Esta se niega, argumenta, se resiste y disuelve con lógica femenina todo intento para acceder a sus lugares húmedos. Sin proponérselo, hiere el orgullo de macho que solo se contenta tumbando a la hembra.
El joven, herido, frustrado, con una excitación que no encuentra cause, se despide de la aún virgen y, doblando la calle, sale a buscar de inmediato a las golfas de ese puerto.
Perfora y destroza todo lo que no pudo; da placer y exigencia a su cuerpo en el mismo grado y consume a las etairas hasta que sus piernas apenas pueden soportarlo.
Ya en la mañana, arrastrando sus pies, se dispone a recoger su equipaje, enrrumbar al barco y dormirse hasta la eternidad… pero, la vida es extraña, encuentra que su amada completamente desnuda debajo de sus frazadas.
Ella, tensa y caliente por la expectativa de entregarse, le dice que cambió de opinión, que lo ama mucho y desea ser suya y que nada, absolutamente nada más, le importa,
…entonces, el joven, sabiendo que la virginidad de ella será un invencible impedimento para su agotado líbido, le habla de amor, de respeto, de no mancillarla sin matrimonio de por medio…
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El otro pasaje, creo ubicarlo en Educación sentimental de Flaubert o en Ilusiones Perdidas de Balzac, nos lleva a una vereda sobre la cual un joven espera a su amante; una señora rica que nunca llegará porque su pequeño hijo está gravemente enfermo.
El joven se esmeró para hacer de una pequeña habitación alquilada, un templo del placer: alfombra, perfumes, bocaditos, adornos y corazones para que la señora olvide que él es un pobre aspirante a escritor o periodista…
Espera horas, su mujer no llega… y, especula… recela del marido de esta, piensa en otro amante, o en el desprecio hacia a él, en su poca importancia. Concluye que la señora lo engaña, lo ignora…
Pero la casualidad pone en esa misma calle a otra mujer. La joven es una «amiga» del muchacho. Él la desprecia porque no es millonaria ni bien asentada sino una provinciana camino a la prostitución en ese París de las carretas y calles empedradas.
«¿Acaso me esperabas?» le dice la joven al atribulado. El amante balancea sus opciones: a invertido mucho en esa habitación vacía pero podría llenarla con alguien y quizá, hasta podría saciarse y, darle una lección secreta a esa rica y ¡desconsiderada! amante.
Entonces, le dice a la joven que claro que la esperaba y, «es más», le tiene una sorpresa.
Ya dentro de la habitación, la maravillada jovenzuela halaga lo bonito de los adornos, la delicadeza de los detalles. Se muestra rendida y a merced del varón. Esta, para rematarla solo dice: «claro, lo preparé especialmente para ti».





