Jorge Nieto y el voto viciado: El nuevo líder de la derecha pro-fujimafia

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Hasta que, ¡por fin!, dejó la ambigüedad e indefinición, cuyo alargamiento aprovecho la gran demora del conteo de votos y los resultados de la ONPE de más o menos un mes y que, en poco tiempo, fue proclamada por el JNE. Demora, dicho sea de paso es necesario recordar, ocasionada por el falso, irreal e hiperbolizado relato de fraude de Porky y sus socios a partir de irregularidades reales en un sector de Lima.

Como era de suyo evidente, nos referimos a Jorge Nieto Montesinos, líder y excandidato presidencial del partido el Buen Gobierno, quien el sábado 23 de mayo anunció lo que era previsible: «el Comité Ejecutivo Nacional… hemos llegado a una decisión con relación a nuestro punto de vista a la segunda vuelta, el partido del Buen Gobierno viciará su voto…». Si bien respetarán lo que decidan sus votantes y militantes, el voto viciado será escribiendo en la cédula «por un buen gobierno».

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¿Qué significa esa decisión de Nieto Montesinos y su partido por el Buen Gobierno? Lo que había insinuado ante algo que era tan claro de suyo: es el nuevo representante electoral de la derecha peruana pro-fujimafia. Ah, eso sí, con un tufillo progre-liberal, que lo utilizó para llegar al cuarto lugar en la primera vuelta. Y, por si acaso sea dicho, lo de progre-liberal es sólo eso: un tufillo, un aroma, una retórica, una etiqueta.

¿Por qué era absolutamente previsible en Nieto Montesinos esa posición? Porque Nieto Montesinos no pasó -como señaló en la campaña de la primera vuelta- de la «utopía de la revolución a la utopía de la democracia». No dijo la verdad. La mutación real que experimentó fue su reconversión al fujimorismo en los primeros años del fujimorismo: en 1993, cuando el fujimorismo ya había convertido al Perú en una narco-dictadura, fue nombrado agregado cultural en México (Hildebrandt en sus Trece).

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Sus servicios al primer narcoestado fujimorista duró hasta el año 1995. En cuyo lapso avaló el golpe de Estado del 5 de abril de 1992, la Constitución de 1993, las masacres de ese régimen (los estudiantes y un profesor de La Cantuta, Barrios Altos y Pativilca), la exacerbación de la corrupción a niveles superlativos y -esto es lo que omiten la mayoría- la protección política (espacio aéreo a los carteles y pistas de aterrizaje) y el uso del Estado (helicópteros del Ejército, el avión presidencial y otros aviones de la FAP, buques de la Marina de Guerra con alijos de cocaína, la valija diplomática, el contrabando de fusiles jordanos con cocaína, etc) al narcotrafico a cambio de maletas de narco-dólares.

El paso a la utopía de la democracia para Nieto Montesinos fue un proceso de fujimorización política y «cultural» en su cómoda estadía en México. No fue una evolución a un social-liberalismo o a un progresismo liberal-democrático, como lo pintó en la campaña de la primera vuelta. No hubo nada de eso en su praxis politica. Lo que hubo fue el camuflaje de un intelectual que no cuajó o realizó en un discurso progre-liberal en su paso como asesor en la gestión de Susana Villarán en la Municipalidad de Lima y ministro en dos carteras (Cultura y Defensa) en el gobierno de PPK.

Jaime Antezana Rivera

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