J. Carlos Flores Vargas
Para muchos, Juliaca es como una adolescente: desordenada, de caótico desarrollo, proclive al exceso; y, sin embargo, irresistible y llena de vitalidad. Sus calles son, alternativamente, un campo polvoroso y una intermitente laguna.
En sus veredas, el ingenio ha generado las ideas más inverosímiles de negocio. Si el calcetero puede vender piedras, pues las vende; si falta quien llore en el funeral de una persona con pocos amigos, llora a precio razonable; si un político le ofrece dinero, lo alienta aunque no sepa ni su nombre; si alguien se preocupa por su futuro, pues se lo adivinan con cartas, plomo derretido u hojas de coca y, si es necesario pueden ofrecer un cuy como instrumental de diagnóstico médico o como plato de fondo para el almuerzo.
Los más afortunados han construido pequeños palacios para reírse de la pobreza desde adentro, aunque cuando salen, sus zapatos pasan del lujo al barro. A la saga, los recién llegados inician su bonanza moneda a moneda vendiendo jugo de quinua por la mañana, salchipapas por la noche o anticuchos en la madrugada.
Todo sobre esa enorme planicie azotada por los vientos de agosto y que parece flotar sobre agua. En Juliaca, donde uno perfore se llena un pozo que le da de beber a, por lo menos, 4 de cada 10 sedientos habitantes.
Cuando el aspirante a la alcaldía aún era músico, los mineros llegaban de la Rinconada cargados de la toda la fortuna que daba el oro en su momento de mejor cotización. Algunos llevaban fajos de billetes que apenas podían disimular entre sus ropas o envolverlas dentro de sus botas. Había dinero suficiente para satisfacer cualquier vanidad pero también para asegurar un pequeño pedazo de mundo. En consecuencia, los precios de los terrenos estaban por la nubes. En todas las direcciones, a donde se miraba, las edificaciones crecían como si de yerba sobre terreno fértil se tratara. Aparecían tal número de calles y urbanizaciones que los mapas de la ciudad quedaban obsoletos en cuestión de meses.
Los lunes por la madrugada un fila de vehículos pesados ingresaba por el norte de la ciudad sin respetar absolutamente nada. Si el diablo se cruzaba en su camino, le hubieran estampado sus llantas porque, ahí, en el interior, de contrabando, viajaba el poderío económico de los más encumbrados ciudadanos calceteros. Al oro, al comercio que llaman ilegal no podía faltarle una tercera columna: la del narcotráfico que, también atraía la riqueza y, con ella, la envidia puneños y el recelo de capitalinos.
Había tanto dinero y, sin embargo, no faltaban magnates que cagaban en letrinas y, “ pitucos” que tomaban agua de pozo. Abundaban juliaqueños que equipaban sus casas con los mejores electrodomésticos y que, de un momento a otro, se quedaban en penumbras por un corte de luz. Habían prósperos comerciantes que se creían con la vida asegurada por sus ahorros y, sin más, morían en un asalto a la vuelta de la esquina. Sobraban, en cambio, los ladrones, los perros sin dueño y la basura arrastrada por el viento de la pampa y la gente no se terminaba de acostumbrar a ese caos cotidiano que se había devorado a todo intento de establecer el orden.
De esta manera, quien quería ocupar el sillón municipal, tenía que sobrellevar esa abrumadora realidad para llevarse un poco del generoso presupuesto público. Tras ello, había que esquivar la cárcel, pero la verdad es que, para la mayoría, luego ocupar el despacho principal en el municipio, seguía una celda en el penal.
Claro que en campaña electoral ningún candidato piensa en eso. En cambio sí, los deslumbraba la perspectiva de colocarse la banda de burgomaestre, ser el ciudadano más importante y llenar sus bolsillos luego de un vida de anonimato.
De ese anonimato intentaban escapar dirigiendo un equipo de fútbol, liderando protestas,apadrinando cortes de cabello, donando camisetas, invitando cerveza, mostrándose como especialista en algún tema de moda, buscando los micrófonos de la prensa o, mejor aún, siendo periodista de opinión.
David Mamani, no era amigo de los periodistas, no había dirigido ni el equipo de su barrio, no tenía el poderío económico que sí tenían sus rivales, tampoco había destacado fuera de los escenarios a no ser por el éxito de la banda de músicos de colegio Politécnico de Juliaca que tuvo a su cargo.
Era, por así decirlo, un huérfano en comparación a otros candidatos cuyos nombre sí figuraban en las encuestas de intención de voto.
El éxito le sonríe a quien convierte una desventaja en ventaja. Siendo así, tuvo el inmenso acierto de llamarse Wajchawawa! (huérfano en quechua) y, al presentarse al público, lo hacía como si fuera el pequeño David enfrentando a Goliat.
El peruano, golpeado él, tiende a solidarizarse con aquel que lucha en desventaja. Verdad tan fácil para entender como para olvidar, pues los otros candidatos daban continuas muestras de poder y soberbia movilizando camionetas, triciclos, mototaxis, pancartas. Contrataban anuncios radiales, pagaban por elaborados spots televisivos, lanzaban contagiosos musicales, sembraban paneles en toda la ciudad, apadrinaban eventos y repartían bolsas de arroz o fideo. Se comportaban como aquel inocente que cree asegurado el premio mayor de una rifa comprando la mayor cantidad de boletos.
En tanto, el discreto David, estrechaba cientos de manos con fuerza, con esa falsa calidez de los políticos exitosos. Con esa boca, con ese piquito de oro, repartía promesas, halagos y juramentos untados con amor electoral. Trataba a todos los electores como si fueran su familia: una señora sería “madrecita”, un varón sería “hermanito” una joven mujer sería “hijita”. Cargaba a cada bebé como si fuera el suyo y abrazaba a cada anciana como si fuera su abuela.
Hasta el más fiero de los enemigos del músico estaba de acuerdo en que jamás podía caer mal. La voz envolvente, su soberbia escondida tras la sonrisa, el buen humor, las palabras amables, la atención y, si era necesario, las lágrimas, esas de “huérfano”, le sumaban, poco a poco, algunos votos.
A pesar de esos esfuerzos, la mayoría de electores no conocían ni su nombre. En realidad es difícil si hay otros 20 en carrera y cuatro o cinco que monopolizaban la atención. En las encuestas de intención de voto, el poco importante candidato aparecía en el humillante grupo llamado “Otros”. Los candidatos que ocupaban los primeros lugares apenas tomaban en cuenta a esos “Otros”, en cambio, preparaban todo tipo de ataques, denuncias y descalificaban a sus rivales visibles.
Toda campaña electoral tiene la propiedad de rescatar del olvido, a un hijo extramatrimonial, una amante, un denuncia de violación, una madre olvidada, un desfalco a una institución o una mala junta. A Oscar Cáceres, uno de los candidatos con más posibilidades, le recordaron su cercanía con Vladimiro Montesinos, quien, en ese entonces, era la encarnación del mal y la corrupción, solo por dar un ejemplo.
Mientras los candidatos “grandes” se tiraban barro, el pequeño candidato juntaba sus pocos recursos para darse a conocer. Así, la noche del sábado 21 de octubre del año 2006, encaramado sobre el “chatomóvil”, un vehículo pequeño y económico, recorrió la mayor cantidad de calles que pudo. Su lema era “ Los votos se conquistan, no se compran” en clara alusión al derroche de recursos de sus rivales. Remató su marcha retando a sus contendientes a un debate a realizarse en la plaza de armas y terminó con una expresión digna de un zorro viejo de la política: “ ¡frente al pueblo!”.
Luego de unas semanas, estos esfuerzos le trajeron modestos resultados pues, su nombre figuraba en algunos sondeos de opinión con un 3%, porcentaje suficiente para que los ciudadanos sepan su nombre.
El día de las elecciones se había programado para el 19 de noviembre y algunas organizaciones civiles habían fijado una exposición de propuestas electorales para el cinco de noviembre. En el día de la exposición, los que se creían ganadores vieron en el evento, una oportunidad para consolidarse y sacar ventaja sobre los demás.
Llegado el día, el más preparado fue Oscar Cáceres quien preparó un mapa y, para darle un tinte técnico, dividió la ciudad de Juliaca en 4 sectores; Hugo Quinto optó por lo clásico y prometió la construcción de coliseos y parques así como el ordenamiento del transporte y otras actividades de la ciudad. Arturo Bernal ofreció una vía de evitamiento, así como un atractivo paquete de proyectos.
Asistieron solo 14 candidatos. Para muchos, los seis candidatos ausentes, eran los que habían renunciado a toda esperanza en la última recta… y era verdad, menos para el que estaba destinado a triunfar, es decir, David Mamani Paricahua, quien, seguía con su estrategia de ganar votos cara a cara.
A poco del día definitivo, el mundo de los simpatizantes políticos se tensa de tal manera que las discusiones sobran, los rumores corren, cada cual lanza su predicción favorable a su candidato y los que se sienten ganadores mentalmente ocupan el cargo edil al que aspiran.
Si los simpatizantes están tensos, ni imaginar a los candidatos. Los menos favorecidos y más nerviosos se desesperan hasta tal punto que fingen secuestros o accidentes vehiculares. Otros usan sus últimas fuerzas para seguir mostrando buena cara luego de varias semanas repartiendo fatigosas sonrisas fingidas. En su círculo íntimo se sumergen en cálculos y alistan sus últimos cartuchos. Las empresas encuestadoras sinceran sus resultados pues a lo largo de la campaña se dedican a lanzar cifras que nada tienen que ver con lo que diga la gente pero sí, con los billetes que les lanzan los candidatos.
Los “analistas” también intentan publicar sus mejores predicciones para ganar, por lo menos, la satisfacción de exclamar “ ¿Ya vez? ¡Yo lo dije!”. Uno de ellos quien firmó como Marcelo Díaz, incluyó a David Mamani en una lista de 5 candidatos con más posibilidades de ganar las elecciones. Señalaba que, al final de la campaña, Hugo Quinto y Juan Luque, futuro gobernador regional de Puno, habían perdido votos; Mientras Luis Chaiña y Oscar Cáceres se mantenían adelante, pero con ciertas dificultades. Llegaban magullados por cuestionamientos y denuncias que se habían lanzado entre ellos y, por subestimarlo, nadie había tocado al humilde profesor de música que se colaba entre ellos.
En la recta final, lo que les queda a todas las organizaciones políticas esa organizar los cierres de campaña, para lo cual proceden con la contratación de triciclistas, transportistas, elaboración de banderas descartables, negocian la cobertura periodística, idean algún recurso sentimental como traer a la madre del candidato, elucubrar algún plan para boicotear el cierres de sus competidores tal como imprimir “mosquitos” (volantes con graves denuncias).
David Paricahua se las arregló para realizar su cierre de campaña una mañana de fin se semana en la explanada conocida como Laguna Temporal. Los que recuerdan el evento señalan que no vaciló en lanzar ataques a sus adversarios y a la prensa que lo había ignorado, pero su cierre, nuevamente, quedó chico comparándolo con el despliegue de los otros candidatos quienes movilizaron cientos de pobladores, incluyeron bandas de músicos, sikuris y otros recursos que hacían de la política un auténtico carnaval.
Para ser precisos, el cierre de campaña no es el último acto electoral, sino el famoso desayuno el mismo día de las elecciones. Entonces, los candidato recuerdan que tienen esposa e hijos y los colocan a una mesa para completar el simulacro de una familia amorosa y bien conformada.
Para lograr identificación con los electores escogen para comer aquello que usualmente detestan o ya, acuden a un mercado al que, en otras circunstancias, evitan. Si el desayuno se hace en casa, intentan cubrir cualquier signo de ostentación lo cual incluye la ropa. Para esto escogen una camisa del mismo modelo que vieron usar a sus empleados o ya, consiguen un jean viejo y piden lo mismo a toda su familia. Los que no tienen familia disponible llenan el vació con militantes o candidatos distritales a los que piden las mismas muestras de modestia. Rematan el desayuno con las frase conciliadores y, por lo tanto, hipócritas: “ Por Juliaca”, “ Por el desarrollo” “ Que sea una fiesta democrática”, “ “ Tengo mucha confianza en el pueblo” y frases de ese tipo.
Cuentan que David Mamani esperó los resultados en la casa de su madre. Tenía gran expectativa pues los sondeos mostraban que, en la última recta, su popularidad había aumentado. En las calles, los electores concurrian a los centros de votación principalmente para evitar la multa: Aquellos que habían apoyado a un candidato tomaban el acto político como una rifa cuyo premio era un lugar en el municipio. Los otros candidatos también esperaban, cada cual y a su manera los resultados. Al borde de las 4 de la tarde los locales de votación se cierran y los medios de comunicación pueden lanzar sus proyecciones.
David Mamani consiguió, exactamente, 17 mil 749 votos, es decir, más de mil votos de ventaja respecto a Hugo Quinto, quien hasta el día de las elecciones era el favorito. El resultado fue una auténtica bofetada para los que pensaban ganar lanzando fajos de dinero.
En cambio, para él significó ingresar a un mundo del que solo salió muerto.
En medio de los festejos, los abrazos, los agradecimientos, las felicitaciones, los halagos, no sospechaba que, desde ese punto, comenzaba a tejerse una mortaja con manejos nada transparentes y la recaudación de enormes cantidades de dinero.
En los años posteriores, tanto la contraloría y la fiscalía investigaron presuntos cobros de cupos, contratos amañados, adquisiciones escandalosas, sobrevaloraciones y, era un secreto a voces que se usaba cuanto modo había para extraer dinero que luego era invertido en toda clase de adquisiciones o despilfarrados en noches de farra y mujeres. La cantidad de dinero obtenido obligaba a la búsqueda de testaferros y el acercamiento a personas muy peligrosas… pero, mejor volver a la noche del 19 de noviembre y, permitirle al músico de 42 años, gozar de la inesperada victoria.
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(*) El fragmento es parte del primer capítulo de una novela inacabada. La estuve escribiendo en el 2019 y ahora que la leo… creo que no está mal. Quizá vale la pena compartirla por este medio pues, hasta entonces había procedido con algunas entrevistas y adjuntado abundantes archivos periodísticos y documentos ( Hasta di con los autores intelectuales, pero no sé si ellos se asutaron más que yo por lo que pueda haber averiguado sobre el complot para asesinar al exalcalde).
En fin… para mi, escribir es una certeza pero publicar es una completa interrogante.
