Las casas en Puno amanecieron vestidas de flores 

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Acaso mejor demostración que los carnavales llegaron, sea lo que pasó esta mañana en Puno. Las casas amanecieron vestidas de flores amarillas mezclada con dulces, globos de colores y una inmensa esperanza, en cada familia, de que todo sea prosperidad y que la casa dure para siempre. Si observáramos a Puno desde lo alto en este día, entremezclada con el humo blanquecino de los sahumerios y el incienso, seguramente hubiésemos visto a la flor de los siete colores, pintada de palmo a palmo por todas las calles, pasajes y recovecos de nuestra ciudad.

Algún día habrá que registrar esta costumbre, de manera independiente, como Patrimonio Cultural de la Nación. Porque nadie lo ha hecho, porque nadie ha visto, quizás, que esta tradición no es una hechura del presente tiempo o del siglo anterior, sino una costumbre milenaria que se remonta mucho antes de la invasión española. Cronistas como Guamán Poma, Rivero y Tschudi (1851), Fernández de Palencia (1571), Gutiérrez de Santa Clara (1600) y Molina (1576), reseñan que, por este tiempo, ahora carnaval, nuestros ancestros solían tapizar sus calles con flores, como una demostración del inicio de un tiempo bueno de florecimiento y que las plantas de las chacras alcanzaban por fin su mejor desarrollo. Era un tiempo, además, de un intenso agradecimiento a los Apus por la protección y el bienestar de los cultivos.

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Hay sobre esta costumbre, muchísimos detalles por conocer. Saber por ejemplo por qué el color amarillo o rojo de las flores, o la relación de éstas con la casa y el bienestar. La historia tiene guardado todos estos detalles, que esperan por alguien a quien poder entregar. Y la gente de Puno, los comerciantes y recolectores de flores, son héroes silenciosos de esta historia, porque cada año mantienen viva esta costumbre, como una vela, en medio de un tiempo sombrío como el de ahora: ajeno, globalizado e indiferente de toda tradición cultural. Por ello, mantener esta costumbre y trasmitirla, es la más grande hazaña que se pudiera hacer. Es una guerra contra la modernidad, contra una época individualista, que desvalora todo acto de fe, de unidad familiar y de estimación profunda a la naturaleza.

Fiel a esta costumbre, hoy, me tocó también aderezar mi casa con flores, dulces, serpentinas y globos multicolores. En verdad, diré, ofrecer este banquete florido al lugar donde habitas es una forma de agradecimiento, un acto de reciprocidad con el lugar que te protege y que guarda las tristezas y alegrías de la familia a lo largo de su existencia. Es esto el florecimiento de las casas un acto espiritual y simbólico que te recuerda tu deber y tu lugar en este planeta.

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