Todos los gestos de ambición, engaño, perfidia y barbarie están reunidos en la reciente invasión ocurrida en Salcedo a orillas del lago Titicaca. Una zona destinada a área verde pero que por descuido municipal y de otras instituciones, ahora se encuentra a punto de ser tomado por los “invasores del lago”. Pero esto no es nuevo. En anteriores oportunidades este tipo de estrategias -de invasión violenta-, permitió que varios terrenos estatales destinados al bien común, es decir de todos, pasaran, sin más ni más, a manos de unos pocos avivatos.
En casos anteriores, lo que solía ocurrir, es que los invasores siempre manejaban argumentos tristes como: la falta de vivienda, la pobreza, el derecho a tener un espacio donde vivir. ¡Ese era el cuento! Sin embargo, posteriormente uno terminaba dándose cuenta que detrás de estas invasiones estaban siempre intereses particulares y muy bien organizados. De tal forma que los verdaderos beneficiados no eran los necesitados, sino promotores informales, a veces dirigentes “espontáneos”, y, en ocasiones, autoridades locales que, por lo general, preferían mirar de costado estas invasiones, y en otras incluso las alentaban con fines electorales.
Esta vez, el argumento de los invasores es otro: los invasores afirman que el terreno será destinado a un mercado. Si bien, a primera vista esta propuesta, en apariencia, parecería responder a una necesidad de la gente y por el desarrollo de Puno. Sin embargo, basta observar lo que ocurre en el lugar de los hechos y escuchar los comentarios para entender claramente que el objetivo real es otro: lo que buscan no es el mercado, sino lotizar el terreno para construir viviendas particulares.
Todo el discurso del “mercado”, que los invasores gritan con cara de necesitados, no es más que una fachada para justificar una invasión descarada que busca apropiarse de un espacio público. Un área verde que la ciudad necesita. O ¿acaso alguien me dirá que en Puno sobran áreas verdes? Yo no lo creo. Lo que veo, más bien, es que en Puno hay una rara relación entre la necesidad de la gente y la conveniencia de unos pocos. Tan cercana que todo parece legítimo, aunque en el fondo no lo es. Porque se habla en nombre de los pobres, de una necesidad, pero en el fondo se actúa en beneficio de los vivos.
Y así, Puno se convierte, otra vez en tierra de vivos. Pues, lo que debería ser un espacio para todos, termina en manos de unos pocos. Y, lo que debería ser un área verde y atractiva se convierte en cemento y caos.
¡Triste y perra suerte!
