A pocos días de cerrar enero de 2026, el Programa de Atención Domiciliaria (PADOMI) en el Hospital III EsSalud Salcedo, en Puno, funciona solo en el papel. En la práctica, está desmantelado. No hay enfermera asignada, no hay consultorio físico y solo un médico intenta —sin herramientas ni respaldo— cubrir a más de 600 pacientes, en su mayoría adultos mayores, personas con enfermedades crónicas y pacientes terminales.
El problema no es nuevo, pero sí cada vez más grave. La enfermera responsable del programa tenía contrato hasta el 31 de diciembre de 2025. Desde entonces, han pasado más de 19 días sin reemplazo. Cero. Ninguna contratación. Ninguna explicación pública. Ninguna urgencia aparente desde la dirección del hospital.
Lo que hay, en cambio, son “parches”: enfermeras de otras áreas enviadas de manera ocasional para atenciones específicas. ¿El resultado? Quejas constantes por mala atención, falta de empatía y desconocimiento del programa. PADOMI no es una guardia cualquiera. Requiere continuidad, seguimiento y trato humano. Pero eso parece no estar en la agenda de la actual gestión.
Como si fuera poco, el consultorio de PADOMI fue desalojado de manera abrupta. Sin aviso claro. Sin alternativa inmediata. El espacio que antes permitía a los familiares recoger medicamentos, coordinar curaciones o resolver dudas, hoy está ocupado por otros servicios. Y PADOMI quedó en el aire, literalmente.
Antes, el sistema tenía lógica. Mientras el médico realizaba visitas domiciliarias, los familiares encontraban un punto de apoyo en el hospital. Hoy no hay a dónde ir. Nadie sabe dónde atenderá el médico. Nadie responde quién coordina las visitas. Nadie asume la responsabilidad por los pacientes que se descompensan, que se quedan sin medicamentos o que simplemente esperan.
La dirección del hospital, encabezada por Juan Seclén Palacín, ha optado por el silencio. Un silencio que pesa. Porque no se trata de números ni de trámites, se trata de personas. Personas que no pueden movilizarse, que dependen de terceros, que necesitan atención constante.
El absurdo llega a niveles casi ofensivos con la implementación de una “tarjeta de visitas”, una especie de kardex donde se debe registrar la visita del médico y de la enfermera, el motivo y la atención brindada. La pregunta es inevitable: ¿quién firma una visita que no ocurre? ¿Qué se registra cuando no hay enfermera ni consultorio? En plena era digital, PADOMI vuelve al papel, pero sin personal que lo haga real. Los pacientes no son productos de almacén. Son seres humanos.
Los familiares lo dicen sin rodeos. Están esperando. Esperando medicinas. Esperando materiales. Esperando que alguien atienda una descompensación. Esperando respuestas. Y no las hay. El médico, incluso, no sabe dónde recibirlos. Eso no es desorden, es irresponsabilidad. Y cuando la irresponsabilidad toca vidas humanas, ya no es solo mala gestión, es algo más serio.
La pregunta se repite y nadie la responde: ¿quién debe solucionar esto? ¿De quién depende? Lo que sí está claro es que no puede quedar así. La atención en salud es un derecho, no un favor. PADOMI no es un programa accesorio, es esencial para quienes ya no pueden defenderse solos.
La exigencia es concreta y urgente: un consultorio exclusivo para PADOMI, la contratación inmediata de más de una enfermera asignada exclusivamente al programa y una respuesta pública de las autoridades de EsSalud Puno. Lo demás son excusas.
Porque mientras la burocracia decide, los pacientes esperan. Y en PADOMI, esperar muchas veces significa empeorar. O algo peor.





