Luego de 34 años (1988-2023), el ex ministro del Interior, ex congresista, ex candidato presidencial y a la alcaldía de Lima, Daniel Urresti, fue condenado a 12 años de prisión efectiva por el asesinato de Hugo Bustios, periodista de la revista Caretas.
Es evidente la prolongada búsqueda de justicia de la familia (su esposa e hija) de Hugo Bustios, asesinado el 24 de noviembre de 1984, en Erapata, en Huanta, Ayacucho, por seis efectivos militares vestidos de civil: lo emboscaron y le lanzaron una granada.
No solo fue prolongada sino también, el 2021, esquiva: los militares y Daniel Urresti, conocido en esa época como «capitán Arturo», fueron absueltos por el Poder Judicial. La Comisión de Derechos Humanos apeló y, con nuevos testimonios, se desarrolló un nuevo proceso. La impunidad casi se impone.

El testimonio de una testigo del asesinato fue decisivo para la sentencia condenatoria a Urresti. Ella contó que los efectivos militares vestidos de civil emboscaron y le lanzaron una granada al periodista Bustios en Erapata. Esa versión selló el fin de la impunidad de Urresti y de los militares que lo asesinaron extrajudicialmente.
En este caso de justicia tardía y benévola (le impusieron 12 años de los 25 que pedía el fiscal), también es evidente que Daniel Urresti buscó -como Keiko Fujimori y los dueños de Podemos Perú – impunidad a través en la política: fue ministro del Interior, congresista y ex candidato presidencial y a la municipalidad de Lima. Eso -esperamos- llegó a su fin.
Sus electores, que no fueron pocos, deben sentir vergüenza de haber votado varias veces por un asesino. De lo contrario, la experiencia confirma que los pueblos (o electores) tienen los gobernantes (candidatos, agregamos) que se merecen.
Jaime Anteza Rivera
