«Un zapato negro, otro marrón: ¿Acuña camina hacia dos lados o nadie lo guía?»

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Por Grober Cutipa

¿Alguna vez, por puro modo avión mental, saliste de casa con zapatos distintos? Uno negro, otro marrón, como si los pies decidieran vivir realidades paralelas. El gobernador de La Libertad, César Acuña, lo hizo: desfiló en Fiestas Patrias con un pie en la formalidad y otro en… ¿el descuido? ¿La prisa? ¿O en esa zona muerta donde los poderosos dejan de ser mirados?

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El video es viral, claro. Pero lo verdaderamente viral no es el error, sino el silencio a su alrededor. Ni la esposa que lo despide con un beso (y un «cariño, los zapatos»), ni el chofer que revisa por costumbre (trabaja por necesidad, no por lealtad), ni siquiera Miguel Ángel Urbina Correa, Gerente Regional de Imagen Institucional del Gobierno Regional (¿imagen? ¿qué imagen?) advirtieron el detalle. El poder, cuando es absoluto, camina solo. A veces, tropezando con su propia sombra.

Archivo de despistes célebres (o cuando la vida imita payasadas)

  • Peter Sellers era conocido por su estilo excéntrico y a menudo se le veía con zapatos diferentes en sus apariciones públicas y en algunas de sus películas.
  • Albert Einstein usaba medias distintas: su mente orbitaba ecuaciones, no calcetines.
  • Mark Zuckerberg, con sus poleras con capucha, parece vestido por un algoritmo.

¿Acuña entra en este salón de la fama? No. Porque aquí no hay genialidad ni estrategia: hay un hombre que nadie corrige. Eso es más revelador que cualquier discurso.

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Psicología del zapato huérfano (o el inconsciente que pisa fuerte)

Freud diría que un lapsus así es un mensaje del inconsciente. ¿Qué gritan estos zapatos?

  • «Estoy en dos lugares a la vez»: entre la función pública y… ¿otra cosa? (¿su empresa? ¿sus aspiraciones?).
  • «Nadie me ve completo»: solo fragmentos, como esos pies que nadie advirtió.
  • «Soy el rey, pero mi reino es un espejo roto»: incluso los virales reflejan pedazos sueltos.

O tal vez —y esto duele— fue solo un hombre distraído por una llamada. Un hombre que, como todos, tiene días libres. La diferencia es que, para Acuña, no hay lealtad: ni amorosa, ni laboral, ni siquiera la que te da un espejo en la salida.

Cuando el ridículo es un síntoma

Lo grave no es el error. Lo grave es el vacío alrededor. Un gobernador es, también, un cuerpo observado. Si ese cuerpo puede pasar con zapatos desparejos y nadie lo detiene, ¿qué más pasa sin filtro? ¿Qué otros detalles —éticos, políticos— se escapan entre el ruido y la indiferencia?

Mientras el video se comparte, Acuña ya debe tener nuevos zapatos. Idénticos, impecables. Pero la pregunta queda flotando: ¿quién le pone atención a lo que realmente pisa?

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