Hay tragedias que no deberían volver a ocurrir. Pero regresan, una y otra vez, empujadas por la misma mezcla letal: alcohol, volante y desprecio por la vida ajena. En Juliaca, esa fórmula volvió a matar.
Un niño de 8 años perdió la vida tras ser atropellado y arrastrado casi un kilómetro por un conductor en presunto estado de ebriedad. Murió en la pista, lejos de cualquier auxilio, mientras el vehículo seguía avanzando. La escena no necesita adjetivos. Basta con los hechos.
Su madre, Ruth Almanza, enfrenta hoy el dolor más irreversible: enterrar a un hijo. Ninguna palabra alcanza. Ninguna explicación consuela. La tragedia, sin embargo, no terminó con la muerte del menor.
Hospitalizados, sin recursos y sin respuestas
El padre del niño y su hermano de apenas 3 años permanecen hospitalizados en el hospital Carlos Monge Medrano, heridos, sin recursos económicos y, según denunciaron pacientes y familiares, abandonados en los pasillos, a la espera de atención médica oportuna.
La familia, de condición humilde, quedó golpeada en todos los frentes: perdió a un hijo, su estabilidad emocional y su sustento. No tienen familiares cercanos en Juliaca ni medios para cubrir gastos médicos, alimentación o medicinas. La tragedia también es social: ocurre cuando el sistema no llega a tiempo.
La solidaridad como último auxilio
Este no es un caso aislado ni una cifra más. Es el reflejo de una irresponsabilidad tolerada y de un país que sigue reaccionando tarde. Conducir ebrio no es un descuido: es una decisión que mata.
Hoy, la población tiene una oportunidad distinta: no mirar a otro lado. Se solicita el apoyo solidario para ayudar a esta madre a enfrentar los gastos urgentes que deja la tragedia.
📱 Yape / Plin: 960 986 878
👤 A nombre de: Ruth Almanza
Un niño no volverá a casa.
Pero una familia puede no quedar sola.
En Juliaca, una vez más, el alcohol manejó.
Y la consecuencia fue irreversible.




