La política del miedo 

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Cada vez que el país entra en una segunda vuelta electoral, sobre todo cuando Keiko Fujimori llega a este punto, a gran parte de la población peruana le asalta la sensación de que el pasado vuelve al presente. Pues, como por arte de magia, de pronto el discurso sobre el terrorismo reaparece, el fantasma del comunismo se vuelve el tema principal y, así como así, comienzan a circular alarmas sobre la suba del dólar, el gas, la gasolina, la fuga de capitales y la supuesta destrucción del país. No digo que todo sea producto de una estrategia filudamente calculada por el fujimorismo, pero no me dejarán mentir que ese patrón se repite cada vez que Keiko llega a segunda vuelta electoral. Justo este tiempo, aparece el miedo como herramienta para orientar el voto, como una formula para atacar opciones como alineadas a la izquierda, al cambio o al descontento popular. Y esto no es novedad estudios sobre el “terruqueo” y la polarización electoral en el Perú detallan claramente este fenómeno y se lo cargan a Keiko y compañía.

Pero lo que yo quiero revelar es que este miedo no se usa solo como una herramienta para atacar al “enemigo”, al mismo tiempo también resulta como una forma de disciplinamiento político. Es decir, a la población en general se le dice, de manera directa o indirecta, que si vota por determinada opción (izquierda) vendrá con toda seguridad el caos, subirá el dólar, se irán las inversiones, volverá el terrorismo o el país terminará como Venezuela. Con esto en la mesa, el elector deja de evaluar propuestas, proyectos o programas políticos. Ni se le ocurre discutir sobre problemas de fondo como la desigualdad, el centralismo, la corrupción o la exclusión regional. El miedo lo reduce a tal punto que lo deja ante una elección entre seguridad y amenaza, o entre estabilidad y desastre. En otras palabras, el miedo anula toda posibilidad de imaginar siquiera en otra opción política.

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Tal vez no se pueda demostrar quien es el que implementa esta política del miedo ni hasta dónde llega su coordinación, pero es claro que ocurre con fuerza cada vez que ciertos sectores sienten que amenazan el orden político y económico vigente. Esto no sería grave, sino fuese que, a partir de esa lógica, el país es ahora un ser bifronte, un estado partido en dos mitades que se miran con desconfianza y que parecen cada vez más irreconciliables. Una parte del país ha aprendido a defender sus intereses de tal forma que ha convertido al otro Perú en una amenaza. Y ese otro Perú, cansado de ser tratado como peligro, de ser visto como atraso o resentimiento, responde también con la misma desconfianza y hartazgo hacia el otro. Todo parece un limite fronterizo, donde un Perú mira al otro como si no perteneciera al mismo país.

Aldo Rojas
12.05.2026

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