Otra vez lo mismo. Estados Unidos e Israel atacan Irán, destruyen numerosos objetivos militares, asesinan al ayatollah, durante el bombardeo de un blanco militar destruyen una escuela y no se sabe cuántos inocentes, particularmente niños, han muerto en ella. Medio mundo denuncia a Estados Unidos por el atropello y a Israel por una especie de maldad innata.
El otro medio mundo recuerda que el ayatollah era un sociópata, la cabeza de la misoginia mundial, un antisemita enloquecido, asesino masivo, torturador, secuestrador y mecenas de una docena de bandas terroristas de las más sanguinarias del planeta, un dictador sin freno, un monstruo teocrático, y el medio mundo que recuerda eso saluda a Trump y Netanyahu como los liberadores que le ponen punto final a una dictadura mortífera y longeva.
Lo cierto es que todo el mundo debería recordar todas las cosas que he enumerado en este post: Irán pasó décadas activamente coordinando la destrucción del Estado de Israel y de todos los judíos del Medio Oriente, es verdad. Trump es nefasto, Netanyahu es un criminal, Khamenei fue un enemigo de su pueblo, un sustentador del odio a la mujer, el principal promotor del terrorismo mundial y de la violencia en Medio Oriente: es verdad.
Destruir una escuela iraní y segar las vidas de los niños en ella es un crimen que deberá ser castigado: eso también es verdad. Y uno, por una cuestión moral y de salud mental, debe ser capaz de retener en la mente varias verdades simultáneas en lugar de anular unas para simplificar las cosas y acabar gritando un lema y ensalzando a Trump o a Netanyahu como si fueran héroes en lugar de ser políticos corruptos entre la espada y la pared, que disparan a mansalva para salvar el pellejo, o ensalzando a mequetrefes psicopáticos como Khamenei o Putin o la cúpula del Partido Comunista Chino como si fueran mártires de alguna causa benévola en lugar de ser simples criminales con poder.
No hay ningún motivo por el cual tengamos que enterrar nuestras conciencias en trincheras cavadas por miserables: nadie nos obliga a ponernos del lado de delincuentes; tenemos derecho a la independencia mental.
Gustavo Faverón Patriau




