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Puno

La protesta boliviana es la típica reacción de un perdedor 

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Estoy profundamente sorprendido con lo que piensan hacer algunos sectores bolivianos justamente los días centrales de la octava de la Festividad de la Virgen de la Candelaria 2026. Como ustedes sabrán, en los últimos días se ha estado anunciando de que la Candelaria sería objeto de un “feroz reclamo” cultural, proveniente del vecino país, que realizará protestas durante el 7 y 8 de febrero de este año. Esto desde ya, ha generado cierto ruido en Puno, pero lo que más ha llamado la atención es que el argumento que se pretende utilizar carece de evidencia histórica y documental, lo que deja predecir que este reclamo será débil e imposible de sostener.

El meollo de esta protesta es simple: los bolivianos pretenden gritar, según ellos, al mundo, que las danzas que hoy se bailan en Puno “no son de Puno” sino de Bolivia. Con este sencillo argumento ellos esperan que el “mundo” se solidarice y en un acto sin precedentes les den la razón. Pero en la vida real una cosa es afirmar y otra muy distinta demostrar. Hasta ahora, los bolivianos, aunque griten, no han presentado ninguna prueba histórica, documental o patrimonial que respalde sus afirmaciones. No hay expedientes, no hay procesos de reconocimiento internacional de las danzas en conflicto, y tampoco hay una continuidad que demuestre y permita sostener jurídica, histórica y culturalmente que ellos son propietarios de las danzas.

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Lo que sí existe, es un intento de imponer su “verdad” sin pruebas y a cuenta de gritos, insultos y provocaciones. En ese sentido, lo que en el fondo busca Bolivia con esta protesta es meter duda, sabotear el logro puneño y ganar visibilidad mediática. Y eso en cualquier lado del mundo es la típica reacción de un perdedor: cuando no se puede competir en el terreno de los hechos, el perdedor suele siempre recurrir al enfrentamiento y luego al conflicto. Yo pregunto ¿pero porque hace esto Bolivia? ¿Cómo así ha surgido su odio visceral contra Puno?

Y la respuesta es sencilla, y se debe al notable crecimiento de la Candelaria en los últimos años. La magnitud que ha alcanzado esta fiesta a nivel de convocatoria, organización, proyección turística y reconocimiento, ha generado inevitablemente comparaciones entre la fiesta de la Candelaria y la de Oruro. Y esa comparación ha hecho que Bolivia se incomode y luego se resienta hasta llegar a explotar y empezar a gritar, humillar e insultar. Este es el verdadero padecimiento boliviano, lo que indica claramente que no estamos ante una protesta de defensa cultural, sino frente a una típica reacción de perdedor ante al éxito ajeno. Esa es la llaga que le arde a Bolivia, que la Candelaria cada año crezca más y más, “como la sombra cuando el sol declina”.

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Pero muchos se preguntarán ¿Por qué Bolivia no hace lo mismo que Puno con la Candelaria? y lo paradójico del caso justamente está ahí. Bolivia, en lugar de generar confianza y atraer visitantes los espanta. Los recientes bloqueos y protestas bolivianas, por ejemplo, han terminado por espantar al turismo internacional, provocando la cancelación de vuelos y el aviso de alertas para aquellos que querían visitar Oruro este 2026. Y por eso ¡Nadie visitará su carnaval! Y lo peor, por contradictorio que parezca, harán una protesta frenética sin pruebas ni sustento cultural, como si el conflicto pudiera atraer más turismo o sirviera para lograr un reconocimiento. Triste realidad.

Aldo Rojas

16.01.2025

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