El paso decisivo para la comunicación entre seres humanos y la naturaleza, así como para materializar el sentimiento insondable de los hombres, incluso de los más duros, es con toda certeza la invención musical. Y en esto no hay duda, que cuando los Lawa K’umus se agrupan y ejecutan sus instrumentos tribales, acompañados de gestos y ademanes ancestrales, de pronto surge un sonido milagroso que despierta al campo, dispersa los colores en la tierra y prepara a cada una de las chacras para la cosecha final.
La música de los Lawa K’umus es una rara avis, difícil de encontrar. Sin caer en los elogios ni comparaciones, es uno de los contados sonidos puneños que se ensamblan tan exactamente con la voz y el canto agudo de sus danzarinas, que es imposible no creer que sean uno. Ambos se presentan como una contradicción complementaria, una unidad de contrarios, más precisamente como un tinku ancestral que se dirige a las deidades para alcanzar la fertilidad. Talvez ahí radica su rasgo más singular, su atributo especial, que basta con escucharlos una vez para que de inmediato te embargue la sensación de querer estar dentro de una rueda humana, tomarse de las manos entre todos, hasta alcanzar la plenitud.
En particular, cada vez que me he enfrentado a la intensa y penetrante resonancia de la melodía de los Lawa K’umus, he tenido la sensación de estar dentro de la naturaleza, caminando entre sus campos colmatados de prosperidad. Así es la música de los Lawa k’umus, eso es lo que provoca. Para un “posmoderno” esta sensación quizás resulte extraña, pero créanme que, con tan solo escucharlos entenderían que existe una realidad exterior diferente, diversa, múltiple donde se cree y es posible dialogar con la naturaleza.
Aldo Rojas
19.01.2026





