En los últimos días, diversas mujeres de Challhuahuacho han sido objeto de críticas e insultos en redes sociales tras expresar públicamente su simpatía política por Keiko Fujimori. Más allá de las posiciones partidarias que cada ciudadano pueda tener, el episodio ha puesto sobre la mesa una pregunta incómoda pero necesaria: ¿realmente estamos dispuestos a respetar la diversidad de opiniones cuando estas no coinciden con nuestras propias convicciones?
Lo preocupante de esta situación no es únicamente la descalificación dirigida hacia estas ciudadanas. El problema de fondo es la contradicción que evidencia una parte del discurso público actual. Mientras se promueven conceptos como inclusión, diversidad, interculturalidad y respeto, esos principios parecen perder vigencia cuando una persona de origen andino, una mujer de pollera o un ciudadano de una comunidad rural expresa una posición política distinta a la esperada por ciertos sectores.
En teoría, la democracia se fortalece con la pluralidad de ideas. Sin embargo, en la práctica, todavía persisten actitudes que buscan encasillar a determinados grupos sociales dentro de una única narrativa política. Cuando alguien rompe ese molde y ejerce su derecho a pensar por cuenta propia, aparecen los cuestionamientos, las burlas y los intentos de desacreditar su capacidad de decisión.
La situación resulta aún más delicada cuando los ataques se dirigen precisamente contra personas que históricamente han reclamado mayor reconocimiento y participación. Reducir a una mujer andina a un estereotipo político no solo es una forma de discriminación, sino también una negación de su autonomía como ciudadana.
El voto es una decisión individual. No depende de la vestimenta, el lugar de nacimiento, la condición económica ni la identidad cultural de una persona. Cada ciudadano tiene el derecho de analizar la realidad desde su propia experiencia, evaluar propuestas y respaldar a quien considere conveniente, sin temor a ser ridiculizado o señalado por ello.
La democracia no consiste en que todos piensen igual. Su verdadera fortaleza radica en garantizar que las diferencias puedan coexistir dentro del respeto mutuo. Defender la libertad de expresión únicamente para quienes comparten nuestras ideas no es un ejercicio democrático, sino una forma de intolerancia disfrazada de pluralismo.
En una sociedad cada vez más polarizada, resulta necesario recordar que los desacuerdos políticos deben enfrentarse con argumentos, evidencia y debate. Los insultos, las etiquetas y la descalificación personal no enriquecen la discusión pública; por el contrario, la empobrecen y profundizan las divisiones existentes.
Las mujeres de Challhuahuacho, al igual que cualquier otro peruano, tienen derecho a expresar libremente sus preferencias políticas. Respetar ese derecho no implica compartir sus ideas. Significa reconocer que la libertad de pensamiento y la diversidad política son pilares fundamentales de toda democracia que aspire a ser verdaderamente inclusiva.




