Nadie dió tanto impulso a Puno como el Cerrito Huajsapata

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El promontorio rocoso que los puneños conocemos como “cerrito Huajsapata”, apostado en el centro mismo de la ciudad de Puno, entre el Azoguini y el Cancharani, es uno de los lugares más emblemáticos y tradicionales de localidad puneña. A pesar de que existe cerros (Apus) de mucha mayor importancia, este “cerrito” no ha pasado nunca desapercibido. Sobre todo, en época de carnaval, cuando comparsas de tarkadas, chacalladas y pandillas puneñas, aglomeran su pequeña plaza para ofrecerles sus mejores pasos, coreografías y canciones. Esta temporada, junto a estas danzas, las personas también llegan de todos los lindes de la ciudad, los negocios se reproducen en un instante y como si el bullicio fuera parte de la música, todos celebran entusiasmados, bailando junto o en las entrañas del cerrito Huajsapata.

El cerrito Huajsapata no se ha mostrado nunca como molesto, huraño o cansado. La imagen que se tiene de él es siempre como un ser bueno, alegre y cariñoso. De ahí que las parejas que lo visitan poco a poco empiezan a quererlo, hasta que le cuentan todo: sus romanes y desilusiones, para que sea el único testigo, testigo de sus amores. Los poetas, músicos, escritores y pintores, también acuden a su espacio, porque allí, en las entrañas del Huajsapata, es donde existe el hálito milagroso para escribir historias, componer canciones, trazar poemas y pintar lo que jamás se ha imaginado.

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Si uno duda del Huajsapata, aunque se introduzca hasta quedar al costado del monumento de Manco Cápac, puede hacérsele difícil recibir su afecto, incluso no aceptar que este pequeño cerro pueda ofrecer o hacer realidad todas las proezas de su historia. Sin embargo, basta ver a las parejas felices en Puno, a las familias constituidas para siempre. Basta ver las canciones en su nombre y las estrofas de amor que él inspira. Basta ver, incluso, los poemas, cuentos e historias que se encuentran grabados en el corazón de todos los puneños.

Nadie dio tanto impulso e inspiración en Puno como el cerrito Huajsapata. Y, por eso, la historia de Puno es, en sí misma, la de este pequeño cerro. Ambos son inseparables, como la lluvia al florecimiento. Y así es, también, como los paisajes pasan a formar parte de la tradición. Y una tradición no es simplemente una costumbre, sino un entramado de cultura, paisajes, creencias, arte, símbolos, experiencias vividas e historias acumuladas que fueron trasmitiéndose de generación en generación, y que hoy forman parte de nuestra identidad cultural.

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Por todo ello, es que siempre me asalta ese oscuro presentimiento de pensar que sería terrible que se dañara al Huajsapata, o se le abandonara, o no se velara por su conservación. Cerros como estos, con grandes raíces culturales y mitológicas, son muy pocos. Este tipo de cerros, son patrimonios naturales a quienes se les debe dar toda la atención y preservarlos. Mejor diré, no debemos dejar nunca que lo deshonren, como ocurrió con el cerro Azoguini. Este Apu o Achachila, que fue profanado recientemente, también guarda mucha de nuestra vida, de nuestra historia; sin embargo, como hemos visto, nada está a salvo de los peligros. En otras palabras, no dejemos que la voracidad del oro o la precaria gestión devore nuestra historia, nuestra tradición.

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