Puno tierra de puna bravía, donde el Estado apenas es una sombra distante. Cuando la ley traiciona, solo queda la ira de los aymaras unidos, y sus manos saben de justicia. Guardan memoria de cenizas aventadas al viento, de fiscales que «no vieron nada», y de una paciencia que, al reventar, explota como erupción volcánica. Hoy, esa rabia vuelve a rugir en Jayu Jayu – Acora. No contra choros comunes, sino contra aquellos que juraron proteger y saquean: policías convertidos en asaltantes.
JAYU JAYU: LA PIEDRA DEL HOMBRE HONESTO CONTRA EL PATRULLERO DEL MAL
El aire helado de la comunidad aymara de Jayu Jayu, distrito de Acora (frontera con Ilave), se rasgó con gritos y disparos la noche del jueves 24 de julio. No eran forasteros desconocidos. Eran la pesadilla con uniforme.
Herví Churata Lope, padre de familia, comunero trabajador, caminaba en la penumbra cerca de su hogar. De la oscuridad, como asaltantes, saltaron cinco encapuchados desde una camioneta blanca perla, placa Z5Y-041. Un hombre y una mujer lo embistieron. La cachiporra de un arma golpeó con saña su cabeza, abriéndole un boquete sangrante de 12 puntos. El estruendo de un disparo junto a su oído fue el mensaje cobarde: «Entrégate o mueres». Le arrancaron 4,000 soles de su trabajo y su celular.
Pero Herví no se doblegó. Con la furia del agravio, agarró una piedra. No para defenderse, ¡para marcar! Con fuerza desesperada, estrelló la piedra contra la luna posterior del vehículo de sus verdugos. El cristal estalló. Fue la señal.
Entonces, Acora despertó. Como un solo escuadrón, Herví y sus paisanos echaron a correr. No huyendo. ¡Persiguiendo! Una estampida de dignidad ofendida siguió a la camioneta del horror desde las alturas de Jayu Jayu hasta las calles de la ciudad de Puno. La presa era la policía. Los cazadores, el pueblo.
La verdad, cruda y vomitiva, salió al sol: Dos de los cinco asaltantes eran policías en actividad. Víctor Hugo Nina Yujra (dueño registral de la camioneta del crimen, ¡Sunarp no miente!) y su hermana, Elizabeth Nina Yujra, ambos de Yunguyo. Agentes del orden, ladrones de noche.
Los agarraron. Los llevaron a la Comisaría Central de Puno. Pero la farsa continuó. ¡Los soltaron! Un acto por lesiones, risible, mientras el robo en banda, el crimen de verdad, se esfumó en los papeles. Los agraviados los señalaron, la evidencia gritaba, y aun así le dieron libertad.
Los comuneros, con la lección de 2023 fresca (cuando echaron a la policía durante las protestas), se plantaron. Fueron ante el General PNP Jorge Tomás Guardia Riveros, jefe de la X Macro Región. Su mensaje fue claro: «Deténganlos, o los echamos nosotros. Como antes.» Guardia balbuceó sobre «órdenes fiscales» e «investigaciones internas». Palabras huecas frente a la piedra de Herví y la memoria de fuego de Acora.
EL FANTASMA DE LAS CENIZAS: CUANDO LA JUSTICIA POPULAR QUEMA
¿Por qué el miedo en Perú cuando el pueblo Aymara se levanta? ¿Por qué los policías en Jayu Jayu temblaron al ser perseguidos? La respuesta está escrita no en códigos legales, sino en la tierra, en el viento, en la memoria colectiva. Es el eco de la Justicia Ancestral. La que no pide permiso.
Ancoccollo, Huancané, 2015: Cuatro asaltantes a punta de bala irrumpen en una reunión vecinal, robando 62 mil soles de fondos comunales para el agua. El pueblo los cazó. Dos, Edgar Condori Sullo y Rosendo Quispe Hallasi, pagaron con su vida. Golpes brutales. Motos quemadas. La «justicias ancestral» cobró su precio en sangre.
Acora e Ilave, años atrás (El Terror Matataxistas): Una época oscura. Taxistas asesinados, familias destrozadas, niños huérfanos. Hasta que un día apareció una combi en la zona lago de Acora. De ella, arrojaron un saco con un cuerpo sin vida. La comunidad, usando sus primeros celulares como armas de convocatoria, se organizó. Cazaron a dos de los matataxistas. Intentaron huir al lago. Inútiles. Los atraparon.
Entonces vino el Juicio: Se los llevaron a la zona altura, donde el dueño de la combi tenía sus raíces. Allí, la Justicia Popular dictó sentencia. Confesiones bajo la mirada de cientos. El veredicto: Fuego. Gasolina. Llama purificadora. Sus cuerpos se convirtieron en ceniza.
El acta final: Cada comunero tomó un puñado de esas cenizas. Las esparcieron en los ríos sagrados. Un ritual para borrar el mal, para que nunca más volviera. ¿El Fiscal presente? Miró al infinito y dijo la frase que resume la impunidad de arriba y la justicia de abajo: «Yo no he visto nada».
Esa es la sombra que persigue a los policías delincuentes en Puno. Saben que si la comunidad los agarra, si los arranca de las comisarías donde los sueltan, no habrá fiscalía que los salve. Habrá fuego purificador y cenizas esparcidas. Como en Ancoccollo. Como en Acora. Como en Ilave. La ley del pueblo, antigua como los Andes, será implacable como el granizo.
LA INSTITUCIÓN PODRIDA Y LA SOMBRA DEL FUEGO
La Policía Nacional del Perú se hunde en el descrédito. Encuestas frías lo confirman: menos del 30% de peruanos confía en ella. Corrupción que carcome. Ausencia que mata. Impunidad que enfurece.
Otro caso que hiela la sangre: en Juliaca, siete policías –encapuchados como vulgares ladrones -irrumpieron en una vivienda para robar. Placas que se convirtieron en máscaras del delito.
Pero en este pantano de deshonra, brilla el valor de Herví Churata, su piedra lanzada contra la impunidad rodante, que no se dejó amedrentar por las armas de quienes debían protegerlo, son los destellos de luz en esta oscuridad.
El aymara no olvida. Recuerda el fuego de la justicia ancestral que le dejaron sus ancestros. Recuerda las cenizas esparcidas. Recuerda al fiscal que «no vio nada». El mensaje para los policías que traicionan su juramento es claro: La próxima vez que entren a robar a una comunidad, que su huida sea perfecta. Porque si el pueblo los alcanza… ni el cielo los salvará de la purificación por el fuego. La paciencia tiene un límite. En las comunidades, ese límite se mide en capturas a asaltantes, y en ríos que esperan, silenciosos, su ración de ceniza.
La advertencia está dada.




