Evo Morales y su cruzada política: entre danzas populares y acusaciones de proscripción

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La música retumbaba con fuerza en las calles del municipio de Shinahota. El huayño, con su ritmo contagioso, marcaba el paso de una escena que parecía sacada de un guion político andino con tintes de fiesta popular: Evo Morales, el expresidente y líder histórico del Movimiento al Socialismo (MAS), tomaba la mano de una de sus seguidoras gremiales y se lanzaba a bailar con entusiasmo el huayñito. Sonrisas, aplausos y celulares en alto acompañaban el momento. Era la imagen de un político que, a pesar de los embates legales y políticos, sigue decidido a recorrer pueblo por pueblo en su cruzada por regresar a la presidencia.

Pero tras ese paso de baile hay una marcha mucho más compleja: la de un dirigente que denuncia una “estrategia de proscripción” orquestada desde las esferas del poder y respaldada —según él— por intereses extranjeros. “Por instrucciones de EE.UU., el gobierno y la derecha boliviana usan los órganos judicial y electoral para amedrentar, perseguir, enjuiciar e, inclusive, privar de libertad a dirigentes de partidos políticos y candidatos solo con el fin de proscribirlos para las elecciones generales del 17 de agosto”, denunció Morales, micrófono en mano y con tono firme.

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Mientras sus seguidores coreaban consignas de apoyo, Evo reforzaba su narrativa de resistencia. “No pudieron sustentar jurídica ni constitucionalmente su estrategia de inhabilitación”, declaró, refiriéndose al intento fallido de impedir su postulación. “Ahora criminalizan a los partidos que, potencialmente, nos pueden prestar una sigla que nos permita inscribirnos, con todo derecho, como candidato presidencial”.

Las declaraciones llegan en un clima político crispado. Morales ha intensificado sus visitas a mercados, sindicatos, comunidades rurales y barrios urbanos, en una campaña que se mueve entre el discurso combativo y el carisma popular. En cada parada, el líder cocalero reaviva su legado de inclusión indígena y justicia social, al tiempo que denuncia “las expresiones de odio de las élites a los pueblos indígenas de Bolivia”.

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Su presencia en Shinahota —una de las zonas que lo vio crecer políticamente— no fue solo simbólica. Representó también una reafirmación de su conexión con las bases, esas mismas que lo catapultaron a la historia como el primer presidente indígena del país.

Sin embargo, la sombra de la inhabilitación sigue presente. Las autoridades electorales y judiciales, a quienes Morales acusa de responder a intereses del oficialismo y de actores externos, aún no han dado señales claras sobre su habilitación formal. Mientras tanto, el MAS enfrenta divisiones internas y presiones externas que complican la posibilidad de una candidatura unificada.

“Las elecciones deben ser libres, transparentes y sin proscripciones”, reclamó Morales. Sus palabras se perdieron entre los compases del huayño, pero resonaron fuerte en el imaginario de sus fieles, que ven en él no solo a un expresidente, sino a un símbolo de resistencia frente a lo que consideran una democracia condicionada.

Así avanza Evo Morales por los caminos de Bolivia: entre discursos de fuego y bailes populares, entre la política y el pueblo. Con la mirada puesta en el 17 de agosto, pero con los pies firmes en las plazas donde aún lo reciben como líder, como compañero, y, para muchos, como el único capaz de “recuperar el proceso de cambio, bonanza económica.

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