La ch’alla de amor entre un apurimeño y una puneña que conmovió a las redes.

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En la noche iluminada por focos de luz eléctrica, , pintando de oro los rostros de quienes se congregaban en aquel rincón donde Apurímac y Puno decidieron fundirse.

No era solo un encuentro de dos personas, sino de dos mundos, de dos sangres que el amor había decidido entrelazar. En medio de risas, miradas cómplices y el murmullo de las lenguas quechuas y aymaras, un joven apurimeño, con las manos callosas pero el corazón blando, extendió su ofrenda hacia su amada puneña.

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Era una pedida de mano, un gesto ancestral, simple en su forma pero profundo en su significado. Sobre un manto colorido, dispuso frutas dulces, cerveza espumante, hojas de coca y otros víveres, todos bendecidos por el ritual de la ch’alla.

La nueva pareja, con movimientos ceremoniosos, el líquido ámbar de la cerveza trazaron arcos sobre los alimentos, como si cada gota fuera una promesa: «Esto no es solo para hoy, es para siempre».

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Las familias observaban, algunos con lágrimas, otros con sonrisas. Los apurimeños, herederos de la fiereza de los chancas, y los puneños, herederos de Manco Capac y Mamá Ocllo y sus leyendas, veían cómo las tradiciones se trenzaban sin chocar.

La chicha y la cerveza se mezclaban en el suelo, como los destinos de los enamorados. La tierra, testigo silenciosa, bebía las ofrendas, sellando un pacto no escrito.

El video, capturado en un instante de pura autenticidad, incendió las redes sociales. No por espectacular, sino por verdadero. En un mundo donde el amor a veces se reduce a mensajes efímeros, aquel ritual hablaba de compromiso, de respeto a los orígenes, de la voluntad de construir algo que honrara ambos departamentos. Los comentarios se llenaron de emoticonos de corazones y manos levantadas: «Así es el amor verdadero», «Esto es Perú profundo y hermoso».

Mientras las cámaras dejaban de grabar, las familias se acercaban para abrazarse. Porque al final, más allá de los likes y los shares, lo que quedaba era lo esencial: dos culturas, dos historias, unidas por la medida más antigua y justa que existe. La ch’allar para que el amor perdure para siempre.

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