Matrimonio rebelde y discriminación en la Plaza Mayor de Lima, causados por los custodios de Dina Boluarte 

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El domingo se vistió de fiesta en la Plaza Mayor de Lima. Bajo el cielo grisáceo que tanto nos acompaña, la iglesia El Sagrario albergó el matrimonio religioso de Willy Calsina y Lourdes Pérez. Él, puneño de Cuyo Cuyo; ella, arequipeña de pura cepa. Una unión que, sin quererlo, se convirtió en un pequeño acto de resistencia cultural frente a la desconfianza institucionalizada desde Palacio de Gobierno con los guardias de Dina Boluarte.

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“La policía estaba tan desconfiada que casi retrasa la llegada de la novia a la iglesia, solo porque entre los invitados había mujeres con polleras, de esas que hicieron pensar a Dina Boluarte en renunciar, pero a las que Otárola le impidió dar un paso atrás”, relató el presentador Jerry Calcina, quien vivió en carne propia el racismo y la discriminación al intentar ingresar a la Plaza Mayor para transmitir los pormenores del matrimonio hasta la ceja de selva puneña, en el distrito de Cuyo Cuyo.

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Al salir los recién casados, el retumbar de la banda de música cortó el aire como un trueno. Los acordes del casarasiri —esa melodía que lleva en sus notas el alma altiplánica— hicieron vibrar los adoquines y, de paso, las antenas de los agentes de seguridad del Palacio de Gobierno. Por un instante, los policías se tensaron. Quizás recordaron enero del 2023, quizás temieron que, bajo las polleras y los ternos de esos extraños, se escondiera otra toma de Lima, otro grito pidiendo la renuncia de Dina Boluarte.

Pero no hubo consignas políticas, ni pancartas, ni furia acumulada. Solo hubo baile. Los puneños, fieles a su tradición, convirtieron las escalinatas de la iglesia en una fiesta. Los novios, radiante él, ella con esa elegancia arequipeña que no necesita decir mucho para imponerse, avanzaron entre la música y los pasos que dibujaban círculos en el aire. Los policías observaban, algunos con recelo, otros con una sonrisa que no se atrevían a soltar del todo.

Mientras la comitiva seguía su camino, uno no podía evitar preguntarse: ¿habrá asomado el alcalde López Aliaga al balcón de la Municipalidad? Nieto de puneños, dicen, aunque a veces lo esconda como un secreto incómodo. Quizás, entre las cortinas, echó un vistazo furtivo, sintiendo por un segundo el ritmo que le corre por la sangre pero que la política le obliga a disimular.

Al final, la plaza se quedó con el eco de la música y la certeza de que, en este país, hasta la alegría puede ser mirada con sospecha. Pero por esta vez, el baile ganó.

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