Amanecía con un frío cortante cuando cientos de aymaras —hombres enfundados en ponchos y chullos, mujeres arropadas en mantas y polleras— comenzaron el ascenso al cerro Qhapia aquel 21 de junio. Entre risas y selfis, los estudiantes de secundaria celebraban el Machaqa Mara (Año Nuevo Andino) sin saber que, hace catorce años, ese mismo Apu sagrado estuvo a punto de ser devorado por las explosiones de una minera.
«Si Yunguyo no se hubiera unido al Aymarazo, hoy Qhapia sería un cráter, no un altar», reflexiona en su noticiero el periodista Román Chura Kapia de Radio Khapia, testigo clave que transmitió en vivo desde Puno en 2011 la épica resistencia de su pueblo.
LA NOCHE EN QUE YUNGUYO DIJO «BASTA»
Era junio de 2011. El gobierno de Alan García había entregado Qhapia —el «gran Apu aymara»— a una empresa minera. Pero Yunguyo, esa provincia pequeña pero de descendiente de los tiahuanacu, no se quedó de brazos cruzados. «No vinieron solos», recuerda una mujer del distrito de Copani. «Llegaron con sus hijos, sus wawas, sus q’epis llenos de papa y chuño, porque sabían que la pelea sería larga».
En la ciudad de Puno, desde Chanu Chanu hasta el jirón Lima, la gente avanzó como un río humano. Pancartas hechas a mano, banderas whipalas ondeando, y un solo grito que quemaba la garganta: «¡Alan García, Mauricio Rodríguez, Qhapia no se vende, se defiende!».
Walter Aduviri, entonces líder del Frente de Defensa, arengaba: «La tierra y los recursos naturales se defiende».
CUANDO LA TIERRA GANÓ A LAS BALAS
El gobierno envió policías, los medios de comunicación, especialmente los canales de televisión de Lima, los tildaron de «violentistas», pero los aymaras respondieron con algo más poderoso que las piedras: la razón y la fe. «¡Nos van a matar de hambre! Con el agua que baja del cerro Qhapia regamos nuestros cultivos y damos de beber agua a nuestros animales», gritaba una abuela mientras levantaba su q’urawa (Huaraca) como único arma para defenderse de los policías.
Ganaron. En agosto de 2011, el Viceministerio de Cultura declaró a Qhapia Patrimonio Cultural de la Nación. La resolución fue un t’inku (encuentro) entre el derecho y la cosmovisión: «Ninguna concesión minera puede profanar un sitio sagrado».
«QHAPIA NO SE VENDE, SE DEFIENDE»: LA LUCHA QUE LOS JÓVENES NO CONOCEN
Mientras el alcalde Fernando Coya encabezaba la ceremonia de recepción al Año Nuevo Andino en el cerro Kaphia, un grupo de escolares reía al pie del Apu.
«¿Sabían que este cerro casi lo convierten en mina?», les preguntamos.
«No, profe», respondió uno, ajustándose su chullo de colores. «Pero mi papá dice que es nuestro Apu protector».
Ahí está la paradoja: la generación que baila en las faldas del Qhapia no conoce la lucha, el miedo y el chuño compartido que lo salvó. No saben que, si Yunguyo no hubiera marchado en el Aymarazo, hoy en vez de ofrendas habría dinamita; en vez de música, bulldozers (cargadores frontales).
EL FUTURO: ¿MEMORIA O OLVIDO?
El alcalde Coya anunció que el Machaqa Mara será institucionalizado, pero la verdadera institucionalización es contar la historia completa.
«Los abuelos lucharon para que ustedes sigan viendo el amanecer desde Qhapia», dice una profesora a sus alumnos.
Uno de ellos, curioso, pregunta: «¿Y quién era Walter Aduviri?».
Qhapia sigue en pie, pero la sombra de las concesiones nunca se va. La memoria, como el viento del Titicaca, debe soplar fuerte para que los jóvenes no repitan errores. Porque, como dicen los abuelos: «El que olvida su lucha, pierde su tierra».
Esta crónica es un homenaje a los aymaras de Yunguyo y Chucuito, que enseñaron al Perú que un pueblo unido puede doblarle la mano al poder.






