Cada 1 de agosto, Juliaca y diversas localidades del altiplano puneño rinden homenaje a la Pachamama, o “Madre Tierra”, mediante el tradicional Ch’allachi, una ceremonia ancestral que refleja la gratitud de los pueblos andinos hacia la naturaleza.

Desde tiempos prehispánicos, las comunidades del Tawantinsuyo realizaban ofrendas para retribuir los bienes que la tierra les brindaba. Según el historiador René Calsín Anco, antiguamente caravanas de distintas naciones emprendían romerías hacia Copacabana y la Isla del Sol, donde se realizaban ceremonias masivas que reunían hasta 42 naciones identificadas.

Actualmente, la tradición mantiene su esencia, aunque en algunos casos se ha vuelto más comercial. En Juliaca, al amanecer, decenas de pobladores acuden a los ríos Maravillas, Unocolla y otras fuentes de agua para recoger piedrecillas planas, consideradas amuletos de prosperidad y éxito en los negocios.

Los rituales incluyen la purificación de las viviendas con mistura, flores, incienso, agua bendita, vino, etc. Así como la preparación de la tradicional mesa de ofrenda. Esta consiste en un paquete ritual con confites, hierbas, fetos secos de llama o “sullu” y otros objetos simbólicos, preparados y bendecidos por yatiris o maestros andinos.

En la zona urbana, comerciantes aprovechan esta fecha para vender piedras rituales, vino, incienso y flores en sectores como la Laguna Temporal y los márgenes de la vía férrea. Este ingenio local ha dado vida al conocido dicho: “En Juliaca hasta las piedras se venden”.

Para los pueblos andinos, agosto representa la mitad del ciclo agrario y es el mes en que la Pachamama “tiene hambre” de ofrendas. Estos rituales buscan asegurar abundancia, protección y prosperidad para el nuevo ciclo agrícola y laboral, reafirmando la conexión espiritual con la naturaleza.




