Desde el corazón herido del altiplano, donde el dolor aún camina descalzo entre las calles y las montañas, ha surgido una carta que sacude la conciencia y desnuda una verdad que se rehúsa a ser olvidada. El excongresista Orlado Arapa, en nombre de la memoria, la fe y la dignidad de su pueblo, ha dirigido un mensaje al obispo de Puno, monseñor Jorge Carrión Pavlich, con un pedido que va más allá de lo político y se hunde en lo profundamente ético: que el Papa León XIV no reciba a la presidenta Dina Boluarte en su anunciada visita al Vaticano.
Este no es un gesto diplomático. Es una súplica revestida de denuncia moral. En la misiva enviada al obispo, Arapa no escatima en palabras ni verdades dolorosas. Denuncia, sin ambigüedades, que Boluarte ha cometido graves pecados a la luz de los mandamientos de Dios: ha infringido el sexto («No matarás») y el octavo («No robarás»). Y lo dice no como teólogo, sino como testigo de una tragedia nacional que aún no encuentra justicia.
Una presidenta sin autoridad moral
La carta hace referencia directa al conflicto social que estalló entre diciembre de 2022 y febrero de 2023, cuando más de 70 peruanos —principalmente en las regiones del sur como Puno— murieron a manos de las fuerzas del orden durante protestas que exigían la renuncia de Boluarte. Muchos de ellos eran jóvenes, campesinos, madres, estudiantes. Gente común que pedía democracia y fue recibida con balas. La presidenta no solo no asumió responsabilidad política, sino que continuó gobernando amparada por un Congreso sumiso, cada vez más alejado del clamor popular.
Arapa acusa a Boluarte de haber permanecido en el poder por medio de prácticas que atentan contra la ética: negociaciones oscuras en el Parlamento, intercambio de favores a cambio de votos, y una estrategia de supervivencia política que ignora la legitimidad ciudadana. Todo ello, dice, la despoja de autoridad moral para representarnos ante el líder de la Iglesia católica.
El Congreso: cómplice silente
No es solo Boluarte la señalada. La carta de Arapa también lanza una acusación directa contra el Congreso de la República, al que tilda de “indolente”, por permitir y respaldar el viaje presidencial a Roma. Una vez más, sostiene, que el Parlamento se pone al servicio del poder de turno a cambio de cuotas, cargos o impunidad.
Este Congreso no solo le ha dado alas a una presidenta sin respaldo popular (las encuestas hablan de una desaprobación que ronda el 0.00%, cuando no más), sino que ha blindado a ministros involucrados en la represión, como Alberto Otárola, también investigado por la Fiscalía de la Nación.

Fe y justicia desde los Andes
Lo que más llama la atención de esta carta no es su tono político, sino espiritual. Arapa apela a los mandamientos de Dios como una forma de justicia superior, aquella que no necesita tribunales ni tecnicismos. La muerte de peruanos inocentes y la permanencia ilegítima en el poder no son, en su lectura, solo actos ilegales: son pecados.
Por eso pide que el Papa León XIV —antes obispo de Chiclayo y ahora máxima autoridad del Vaticano— no reciba a Dina Boluarte. Porque recibirla, argumenta, sería un acto de legitimación para una presidenta manchada con la sangre y por el dolor de su pueblo.
Aquí es donde la carta se convierte en símbolo. Porque más allá de que el Vaticano responda o no, este gesto refleja el sentir de miles de peruanos que han sido ignorados, despreciados y reprimidos. De familias que aún esperan justicia, de pueblos enteros que aún lloran a sus muertos. Y de una fe que, lejos de ser utilizada como ornamento político, se invoca como grito de verdad.
Un viaje que indigna
Que Boluarte pretenda ahora posar en Roma, estrechar la mano del Papa, sonreír frente a las cámaras en nombre del Perú, es algo que resulta ofensivo para muchos. Porque no es solo una cuestión de imagen: es una cuestión de memoria.
¿Con qué cara se puede mirar al Santo Padre cuando se ha callado frente al luto de madres aimaras? ¿Qué puede decir una mandataria investigada por la muerte de decenas de ciudadanos, más allá de los discursos vacíos?
La carta como resistencia
La misiva de Orlado Arapa no cambiará de inmediato el rumbo político ni detendrá el viaje de Dina Boluarte. Pero quedará como un documento que recoge, con palabras sencillas pero firmes, el sentir profundo de un pueblo traicionado.
La historia no siempre se escribe desde los palacios. A veces, también se escribe desde las alturas de Puno, desde un despacho modesto o desde una iglesia con las puertas abiertas. Se escribe con la fe de quienes, a pesar de todo, siguen creyendo que la justicia —divina o humana— todavía tiene un lugar en este país.
Quizá, con algo de esperanza, ese llamado llegue a Roma. El Papa escuche, no a una presidenta sin alma, sino a un pueblo que nunca ha dejado de clamar.





